Historia 1: Preparando el Escenario 

Ese jueves Mayra había tenido un día duro en el trabajo y como el tráfico de San Salvador estaba peor que nunca, llegó a casa una hora más tarde de lo habitual. Cuando atravesó la puerta de entrada, suspiró y soltó la cartera junto al resto de sus pertenencias en el suelo. Movió su cuello de un lado a otro y escuchó tronar algunos huesos. Sus dos chuchos la recibieron con besos y saltos, pero el resto de su familia no se había dado cuenta de su llegada.

–¡BUENAS NOCHES! — gritó algo enojada

Enseguida aparecieron sus hijos Joseíto y Ana para saludarla. Mientras él recogía la cartera de su mamá, la hermana abrazaba a Mayra. Su esposo, José, veía la escena sentado en el sillón ocre.  

Ella se acercó hasta él y se sentó en el sillón a la par. Finalmente la jornada estaba terminando y solo quería unos momentos de silencio. “Vengo tan cansada y tengo que agüantar la pesadez de José”, pensaba mientras lo saludaba con indiferencia. Él, que veía la televisión desde hacía un par de horas, ni le había devuelto el saludo. Tenía una cerveza en la mano, el control remoto en la otra y la atención puesta en la pantalla. 

–¿Cómo estuvo el día? — le preguntó a los tres, aunque sabía que solo los niños responderían. Ana había tenido un examen difícil de matemáticas y el equipo de fútbol de Joseíto había ganado el partido. 

–¿Y vos? ¿Encontraste trabajo? — le preguntó directamente a José mientras se quitaba los zapatos negros que usaba día tras días para ir a la escuela en donde daba clases. 

— No, nada– respondió él, cortante. Mayra sabía que detrás de ese desinterés algo le inquietaba pero no tenía ánimos para enfrentarlo. Ese día estaba tan cansada que el simple hecho de estar de pie le parecía un deporte extremo. Se masajeaba los pies y tobillos, doloridos por todas las horas que había estado de pie frente a la pizarra. Lo peor era que todavía faltaba mucho por hacer: debía chequear las tareas de los niños, cenar y preparar las cosas para el día siguiente. “Imagina lo que sería llegar y que ya todo esté listo… sería un sueño”, se decía mientras se preparaba para revisar los deberes de los niños. 

Aunque hubiese preferido estar descansando, la media hora que pasó junto a sus hijos repitiendo las tablas de multiplicar y completando las oraciones que faltaban de las tareas se dedicó de lleno. Mayra era maestra hasta en sus ratos libres. 

Al terminar entró al baño y se miró en el espejo. Lo primero que hizo fue quitarse los lentes y después la cola alta que siempre usaba para recoger su cabello largo, liso y pintado de  café. Lamentó cómo se veían las raíces negras de ese pelo que ya tenía varios meses sin pintar y también esas ojeras oscuras que tenía debajo de sus ojos. Se refrescó la cara con el agua y se trenzó el pelo, como solía hacer antes de irse a dormir. Antes de salir se puso la ropa cómoda que usaba de pijama: una camisa vieja y unos pantalones deportivos de algodón. Su metro 55 centímetros de estatura se perdían en ese atuendo. 

La casa de Mayra y José era pequeña: la sala, el comedor y la cocina en un solo bloque con piso de cerámica blancos y brillantes. Las dos habitaciones estaban separadas por un baño. En una dormían los hijos y en la principal, ella y su esposo. Todas las paredes eran blancas. Al fondo tenían un pequeño jardín donde estaba la casa de los chuchos, el lavadero y algunas plantas que sembraban. 

En la mesa donde antes habían corregido las tareas ahora estaban los preparativos de la cena. José había ido a comprar unas pupusas en el chalecito de siempre. El olor le había despertado el hambre a Mayra que, de lo cansada, se había olvidado que tenía. Se sentaron uno a cada lado de la mesa cuadrada y en lo que los niños hablaban sobre lo que harían al día siguiente, los padres comían en silencio. José seguía distante. 

En realidad esa situación ya llevaba algún tiempo. Desde hacía dos meses ella era la única que salía a trabajar y eso le inquietaba a su pareja, que no podía disimular. En la compañía eléctrica lo echaron bajo la excusa de que necesitaban técnicos más jóvenes y de repente se vió desempleado. De todos modos las tensiones entre ambos llevaban más tiempo

El sueldo de maestra no era suficiente para mantener una casa como la que rentaban a la familia de José en Lourdes. Aunque él había hecho uno que otro trabajo a en el que le pagaban por obra, la realidad era que necesitaban más ingresos para así no agotar sus pocos ahorros. Pero el país se ponía cada vez más complicado y el hermano de José, Emerson, les hablaba desde Estados Unidos para invitarlos a probar suerte: “aquí van a hacer pisto rápido y los bichos van a tener más chances”. 

Esa noche, mientras cenaban en aparente calma, José buscaba la manera de decirle a Mayra que estaba pensando seriamente en la propuesta de su hermano.  Pero la comunicación no era precisamente una cualidad de ese hombre alto y rellenito, con quien ella se había juntado hacía 9 años. El padre de Joseíto de 8 y de Ana de 7 hoy parecía un extraño para ella.   

Mayra recogió los platos y luego todos se fueron a ver la tele por un rato más. Como ella veía que él no decía nada, apuró a sus hijos para irse a acostar.

Al rato los convenció de ir a la cama y cuando cerró la puerta de su cuarto le preguntó: 

–¿Me vas a decir qué tenés? –. Él la miró a los ojos y luego bajó la mirada hasta el suelo. Le hizo seña para que caminara tras ella y fueron juntos hasta la cocina. 

–Mayra yo he estado pensando mucho ¿Y si nos vamos para los Estados Unidos?– le contestó un poco temeroso. Ella, que tenía la vida entera en El Salvador, que había salido de un pequeño pueblo para lograr su meta de ser maestra en la capital, que había sido firme en su decisión de formar una familia diferente a la suya, menos problemática, de pronto veía en esa una oportunidad ¿Irse le abriría más puertas? ¿Quedarse valía la pena? 

— Podríamos pensarlo, José. Pero esa es una decisión muy grande. Debemos estar seguros de lo que queremos hacer, pensar bien — le dijo.

— Claro, no lo digo para irnos mañana, pero sí para hacer planes. Yo no quiero seguir aquí como un inútil. Además queremos que nuestros hijos tengan más oportunidades ¿No? Este país cada vez está peor.

— No solo eso, el dinero no está rindiendo. Trabajo tanto y siempre estamos jodidos — reconoció Mayra pero al mismo tiempo se preguntó — ¿Creés que sería fácil establecernos como familia en otro país? ¿Creés que es sencillo dejar mi carrera?– refutó con un tono más fuerte y esta vez con un tono molesto.  

José la entendía. Si algo le había quedado claro en los años que tenían juntos era que ella siempre quiso darle lo mejor a sus hijos, preservar la familia y seguir con su carrera. Él sabía que para ella su familia era lo más importante de su vida. Perderla podía ser muy doloroso y si él decidía adelantarse, separarse, irse solo a probar suerte… ella no se lo perdonaría. Pero cómo saber si era lo correcto sin siquiera intentarlo.

–Vamos a pensarlo, Mayra, puede que este sea el momento de hacerlo. Irnos juntos. Después vamos a estar muy viejos y no tendremos las mismas oportunidades. Miranos ahora: vos con 31 y yo con 42 años, tenemos mucho que ofrecer. —  

Mayra se levantó y empezó a hervir agua para un té de manzanilla. Lo necesitaba para calmar tantos pensamientos que venían juntos. ¿José le decía todo eso de Estados Unidos porque genuinamente quería irse o era más bien una decisión personal porque quería separarse de ellos?. 

Por otro lado, si lo decidían y se iban: ¿sería posible que ella pudiera ser maestra allá? ¿Abandonaría a sus alumnos de acá? ¿Y sus hijos, no estarían mejor en un país como ese?

Vamos a tener más tiempo para pensar en esto. Yo ahora necesito descansar– dijo ella. Y con eso se cerró la discusión. 

Se fue al cuarto, apagó la luz, se acostó de espalda y de inmediato se quedó dormida.