Lección 11: Pelear, Huir o Congelarse

 

A estas alturas, sabes que el cerebro prioriza la supervivencia. Se coordina con los sistemas del cuerpo para ayudarte a adaptarte a las circunstancias actuales e inminentes; predice lo que está a punto de suceder a continuación y luego le indica al cuerpo que se prepare adecuadamente. Nuestra historia nos ha proporcionado varios ejemplos de estas formas de regulación adaptativas.

El estrés impulsa al cuerpo a adaptarse a través de la respuesta del “acelerador” (sistema nervioso simpático), que, en la mayoría de los casos, finalmente se ve amortiguada por la respuesta de los “frenos” (sistema nervioso parasimpático). El estrés activa el sistema simpático, que luego se equilibra con los efectos retardadores del sistema parasimpático. Después de pelear, descansas. Después de correr, reduces la velocidad. 

Este ir y venir entre estos dos sistemas asegura que tu cuerpo se adapte de manera consistente y adecuada al mundo que te rodea. Esto es parte de lo que anteriormente llamamos alostasis, o estabilidad a través de una variación constante, basada en las demandas del entorno externo. En un entorno estresante, la adaptación exitosa para enfrentar el estrés es fundamental para la supervivencia.

Tres tipos de respuestas

Tú no eliges cuándo activar una respuesta de estrés.

Tú no puedes evitar que tu cerebro envíe señales a tu sistema parasimpático. Tu cuerpo está diseñado para hacer esto automáticamente, sin tu consciencia, como parte de su función alostática. Sin que tú lo sepas la mente y el cuerpo te están preparando para enfrentarte al estímulo estresor. Esta confrontación puede lucir de muchas maneras.

Es posible que tengas una respuesta activa:

Puedes luchar contra él, desafiarlo de frente (pelear).

Puedes correr rápidamente alejándote hasta dejarlo atrás (huir).

O puedes tener una respuesta pasiva:

Puedes permanecer inmóvil, o sea detenerte en seco con la esperanza de que el factor estresante te ignore (congelarse).

Todas estas respuestas al estrés son normales. Tu reacción ante una situación estresante depende de factores como tu edad, tu genética, tus experiencias de vida y la situación en sí misma. Tu respuesta va a variar, como varía la fuente del estrés. Es posible que reacciones de maneras distintas ante la misma situación, en ocasiones diferentes.

Las respuestas de pelear y huir requieren que tu cuerpo esté preparado para algún tipo de acción física para enfrentar el estrés. Por tanto, se consideran “respuestas activas”.

Las respuestas activas involucran la cascada de HPA y el sistema simpático nervioso. En los momentos de huir o pelear, tu sistema nervioso señala a tus vías respiratorias que deben permanecer abiertas, a tu corazón que lata, a tus piernas que supriman la inflamación, a tu sistema digestivo que suspenda sus actividades, a tus pupilas que se expandan para ver todo lo que se mueve a tu alrededor. Ciertas funciones cognitivas podrían incluso suspenderse. Mientras incrementa tu estrés, los recursos corporales y mentales son redireccionados para priorizar tu supervivencia, así que si tus pensamientos y sentimientos no son útiles para sobrevivir, es posible que tu cuerpo los minimice. 

Ya sea que pelees de frente contra el factor estresante, huyas de él o te congeles frente a él, estos procesos neuronales y corporales ocurren por debajo de tu percepción consciente.

Una mirada más cercana a la respuesta de “congelarse”

Para muchos, es fácil comprender las versiones activas de la respuesta al estrés. La mayoría de nosotros hemos experimentado estos fenómenos en algún momento. Hemos sentido la oleada de energía en nuestros cuerpos al enfrentarnos al estrés. Hemos sentido que la adrenalina se dispara a través de nosotros mientras corríamos, peleábamos o estábamos asustados, lidiando con cualquier situación que nos causara estrés.

Quizás la más extraña de las respuestas es la respuesta de “congelarse”, que se considera una respuesta pasiva. Si nuestro cerebro prioriza la supervivencia, ¿por qué entonces nos permitiría congelarnos cuando nos enfrentamos al estrés? La congelación ante el estrés pone en peligro la supervivencia. Si nos congelamos, una amenaza o estrés puede alcanzarnos. Tomemos un ejemplo.

Para nuestro ejemplo, podemos mirar a los animales y ver cómo compartimos algunas respuestas similares de estrés. Algunas especies animales han desarrollado tácticas especiales para evitar ser atacadas o devoradas. En algunos casos, un animal pequeño no puede luchar contra el ataque de un depredador, como cuando el depredador es demasiado grande. En otros casos, el depredador puede estar demasiado cerca para que la presa se escape. Entonces, si no puedes luchar y no puedes correr, solo queda una opción: congelarte.

Ciertas especies de mamíferos e incluso aves tienen mecanismos complicados que les permiten fingir la muerte por congelación cuando hay un depredador cerca. Yacen congelados, sin moverse, sin parpadear y, a menudo, ni siquiera respirar, esperando en silencio e inmóviles hasta que pase la amenaza. En estos casos, el riesgo de pelear o huir es demasiado grande, por lo que la única opción es congelarse.

La respuesta de congelarse en los humanos funciona de manera similar.

En lo profundo del tronco encefálico tenemos una pequeña región llamada la Sustancia Gris Periacueductal (PAG). Como comentamos anteriormente, el tronco encefálico contiene muchas partes que son responsables de las funciones básicas de supervivencia, como la respiración, los latidos del corazón y los movimientos musculares. Una de estas partes es la Sustancia Gris Periacueductal, que se encuentra en la autopista de comunicación que enlaza la amígdala al resto del cerebro y el cuerpo.

En general, se sabe que la Sustancia Gris Periacueductal ayuda a coordinar múltiples partes de la respuesta defensiva al estrés, tanto la respuesta activa como la pasiva.

La PAG está dividida en dos mitades y está conectada con la amígdala, el cerebelo y la médula, todos los cuales ayudan a coordinar los movimientos voluntarios e involuntarios del cuerpo.

Cada lado de la Sustancia Gris Periacueductal  está conectado a un “lado” diferente del sistema nervioso autónomo (SNA). Un lado se coordina con el sistema nervioso simpático (SNS) y el otro se coordina con el sistema nervioso parasimpático (SNP), como se describió en el Capítulo 10. En otras palabras, la Sustancia Gris Periacueductal  tiene un pie en el acelerador y otro en los frenos.

Cuando sentimos una amenaza o “estrés”, la amígdala y el hipotálamo comienzan a iniciar la respuesta al estrés. Como parte de esa respuesta, la amígdala envía señales a la Sustancia Gris Periacueductal, que comienza a coordinarse con el “acelerador” y los “frenos” a través del cerebelo, la médula y el sistema nervioso.

La Sustancia Gris Periacueductal utiliza cada uno de sus lados para enviar señales al “acelerador” o sistema nervioso simpático, así como a los “frenos” o sistema nervioso parasimpático, asegurando que nuestros órganos y músculos tengan suficiente oxígeno, sangre y energía para enfrentar el estrés.

En algunos casos, el cerebro puede interpretar un factor estresante como ineludible.

En estos raros casos, la Sustancia Gris Periacueductal envía señales mucho más fuertes al sistema parasimpático. En otras palabras, cuando el cerebro reconoce que una amenaza es ineludible o demasiado grande para afrontar, la respuesta parasimpática anula cualquier respuesta del sistema nervioso simpático.

Dado que el SNP es responsable de las funciones de relajación, esto conduce a una congelación inmediata o pasividad completa hasta el punto de la inmovilidad. Piensa que este resultado es como si anulásemos la respuesta normal del sistema nervioso simpático por completo, y en su lugar la PAG obligase a tu cuerpo a esperar congelado hasta que la amenaza desaparezca. De este modo,los humanos tenemos un mecanismo para “fingir que hemos muerto” en momentos de crisis

En resumen, el estrés activa el sistema nervioso simpático, lo que le permite enfrentar el estrés de muchas formas, generalmente peleando o huyendo. En algunos casos graves, el sistema parasimpático anula la respuesta simpática común provocando una “muerte fingida” —o que “nos congelemos”- hasta que pasa el peligro.