Historia 9: Más de lo que Estabas Destinado a Manejar (parte 2) 

 

Ese fin de semana Inés acompañó a la mamá y a la abuela de Gerson durante el modesto velorio que la familia pudo organizar. Mayra había elegido no ir, puesto que haber presenciado ese asesinato le hacía sentir culpable. “No hice nada para que no lo mataran”, pensaba… “´¿Cómo voy a decirle a su madre que no hice nada para salvarle?”. 

Allí en el velorio, los dos hermanos menores de Gerson, de 7 y 4 años estaban con sus peinados formales, cabello engominado, vestidos con jeans y camisas oscuras. Se habían puesto sus mejores ropas. Los zapatos, heredados varias veces de primos y vecinos, brillaban.

Se esperaba que Inés fuera estoica por fuera. Después de todo, la directora marcaba la pauta, el estándar ideal de comportamiento. No es que no sintiera nada. Todo lo contrario: no era la primera vez que sostenía la cabeza de una madre llorando cuyo hijo había sido asesinado. Es probable que Inés no supiera lo extraño que era eso. Pocas personas desarrollan la trágica habilidad de consolar a las madres de las víctimas de asesinato.

El día del asesinato de Gerson, Inés manejó a la familia de Mayra y Gerson con empatía y franqueza. Cuando recibió la llamada de Mayra, Inés no hizo preguntas por respeto. 

Aunque sí, ella tenía muchísimas preguntas. Ella quería saber con exactitud qué había pasado, quería encontrar a los hombres que había matado a ese niño inocente, quería  retorcerles el cuello con la fuerza de años de rabia y culpa reprimidas. Ella quería justicia. Quería vengarse, pero sabía que esa no era la forma de comportarse de una directora. La neutralidad y la seguridad en su escuela para todos vino a expensas de su propia humanidad.

La noche después del asesinato, después de que Inés le hiciera practicar una serie de llamadas y arreglos, Mayra se quedó sentada durante una hora mirando su propio reflejo. No le dijo casi nada a su marido cuando llegó a casa. Solo unas palabras – ” mataron a otro”. Él se levantó para consolarla, pero ella lo apartó a un lado y se dirigió al dormitorio donde se soltó el cabello con indiferencia, dejó caer el bolso y se sentó a los pies de la cama, de cara al espejo.

Odiaba su propia calma en ese momento. Su neutralidad. Su pecho se sentía pesado y presionado y quería con todas sus fuerzas gritar pero no pudo. De modo que empezó a reflexionar sobre su propio reflejo, trazando las arrugas de su frente cansada con la esperanza de llorar o reducir su ira lo suficiente como para preparar la cena para su marido.

De vuelta en el servicio conmemorativo,y aunque la idea era una despedida en paz, de boca en boca se corrían  los rumores del motivo por el cual habían matado a Gerson. Hablaban de drogas y territorios, de deudas, de malos pasos.

Inés estaba indignada “¿Cómo es posible que no respeten ni siquiera el dolor de una madre?”, pensaba. Más que amistades parecía haber chismosos y eso le indignaba. Le dolía despedir a ese niño al que había visto crecer en la escuela en medio de un ambiente tan hostil. 

Sin embargo, en cuanto el padre ofreció una sentida misa los presentes parecieron integrarse más a la oración e incluso muchos que no se habían expresado antes empezaron a llorar tras sus palabras. Inés aprovechó para llorar también sus temores y frustraciones. Aprovechó de llorar el dolor de las separaciones. Aprovechó de llorar por todo. 

Aunque desde fuera parecía que su vida aparentaba ser ideal, lo cierto es que dentro de su corazón ella sentía un pesar inmenso debido a que sus hijos se habían distanciado de ella, sus amigas se habían alejado también y su relación que parecía sólida, no era lo suficientemente entretenida como para sentirse completa. 

Inés, en realidad, se sentía profundamente sola. 

Con respecto a sus hijos no es que ella fuera una mamá gallina que los perseguía y asfixiaba, sino que el hecho de que poco a poco ellos se fueran alejando de sus vidas le pesaba. Los dos que estaban en Estados Unidos apenas la llamaban una vez al mes. Ella tenía que rogar que le mostraran a sus nietos y siempre eran llamadas cortas, insulsas. Y César, el que le quedaba en El Salvador, solo la buscaba cuando tenía problemas. Además no entendía muy bien a qué se dedicaba. No compartía mucho con ella. 

Inés se preguntaba muchas veces en qué había fallado durante su crianza. ¿El hecho de tener hijos con distintos padres había afectado sus vínculos? ¿Trabajar tanto le había alejado de su familia? ¿Y de sus amigas y amigos? 

Cuando Inés se dió cuenta de que sus pensamientos se habían alejado tanto del presente se sintió avergonzada. Las dolientes de Gerson estaban sentadas allí a su lado y ella más bien estaba pensando en sí misma. ¿Era egoísmo eso? ¿Podía estar dolida por Gerson y por ella misma? 

Tal parecía que aquél revolcón de sentimientos había despertado las tristezas que tenía ocultas, aplastadas de tantas responsabilidades y tanto trabajo. Era justo, finalmente, darse un tiempo para sentirlas, pero no parecía ese el lugar correcto. 

Su malestar creció mientras se sentaba junto a la familia de Gerson. Quizás culpa: quería estar presente con la familia del niño, pero tampoco podía rechazar los pensamientos de sus propios hijos, su propia familia y su incapacidad para reconciliar lo que quería y lo que tenía. Se levantó abruptamente, disculpándose cuando sintió que algo, tal vez lágrimas o tal vez solo un rechinar de dientes, saliera a la superficie. Aún así, cuando empezó a llorar lo hizo con todo el sentimiento del mundo. Como nunca antes. 

Pasaron algunos minutos en los que se alejó un poco del grupo e intentó volver a sí misma. Volver al aquí y al ahora. Volver al funeral de Gerson y actuar como directora de la escuela. No sabía lo difícil que era luego de mirar hacia adentro y ver esas fisuras dolorosas que había ignorado durante años. Después de todo Inés entendía que esa fortaleza que la caracterizaba tenía una hendidura profunda y ahora era capaz de verla. 

En casa, Mayra rezaba por el alma de Gerson..