Historia 8: Más de lo que Estabas Destinado a Manejar (parte 1) 

Aunque su mente le decía “sal de aquí”, su cuerpo estaba como congelado. Genuinamente quería correr, ir de regreso a su casa, buscar un lugar seguro, no fuera a ser que los tipos volvieran… pero sus pies se movieron solos hacia adelante. Algo le impulsaba a ver qué había pasado, a ver quiénes eran ellos. Sentía que por dentro en vez de sangre le corría agua hirviendo y el corazón le latía a mil por hora. Sin saber cómo terminó acercándose a la escena del crimen. Dos vecinos, que habían tomado los signos vitales seguían repitiendo: “Los mataron, los mataron”, y los lamentos eran generalizados. 

Mayra jamás había visto tanta sangre ni había estado tan cerca de un cadáver, pero esa fuerza invisible le seguía diciendo que se acercara, que los viera. Su cuerpo temblaba incrédulo. “¿Esto es real?”, se preguntaba. Necesitaba saber quiénes eran. Guió su mirada al primer muchacho, que yacía boca abajo contra el concreto. Cargaba un jean y un suéter gris, ahora teñido de rojo. Ella buscó su rostro con la mirada y sintió un alivio cálido cuando no lo reconoció. 

Después, fue hasta el segundo, que estaba unos pasos más adelante. Hizo lo mismo: empezó viendo primero sus pies, que lucían unos zapatos Nike blancos; luego sus piernas, vestidas con pantalones deportivos negros, después la espalda roja y rápidamente subió la mirada hasta su rostro. Ese rostro. 

–¡GERSON!– gritó. 

No había dudas, era Gerson, su Gerson. 

Le había dado clases hacía dos años y tan solo le faltaba un par de años más para egresar. Ya no podría hacerlo. Lo habían matado frente a ella.

–¡Gerson, por favor, no! — dijo Mayra– ¡No te mueras, por favor!

Las lágrimas empezaron a salir mientras que otras personas se acercaban a los muchachos. Ella se arrodilló al lado de Gerson y agarró su mano con delicadeza, luego la apretó con más fuerza. 

–No te mueras por favor–

Al cerrar sus ojos surgió el recuerdo de su sonrisa, adornada por los hoyuelos en sus mejillas. Recordó el último abrazo que se dieron, cuando él se acercó para agradecerle por una buena calificación. Recordó el aplauso de pie que le dieron sus compañeros la vez que recitó los poemas para la clase de literatura. Recordó el sabor del chocolate que él le había dado el último día del maestro. 

Al abrirlos, él estaba allí, pálido y ensangrentado. Un despojo. 

Mayra intentó respirar hondo pero se le dificultaba mucho. Seguía llorando y aunque intentaba levantarse del piso, sus piernas seguían temblorosas. Cuando finalmente lo hizo tomó el teléfono. Sus manos estaban aún inquietas, sus dedos parecían congelados, pero como pudo le marcó a Inés:

–Mataron a Gerson — dijo primero. Su voz era inentendible, pero unos segundos después repitió más claramente — Mataron a Gerson, el de 10mo. Aquí estoy con él. Lo vi todo — dijo y el llanto se soltó para después convertirse en espasmos. Del otro lado Inés, que había sentido esas palabras como un puñal, se hacía demasiadas preguntas.
–Mayra, por favor, intenta calmarte. Decime ¿dónde estás? — le preguntó… Pero ella no respondió. –¿ Vos estás bien?- insistió. Como pudo, Mayra le dijo que sí.

–Yo estoy bien. Estoy a unas cuadras — añadió.

–Vení en cuanto podás a la escuela, por favor, Mayra. Aquí te espero– dijo Inés muy preocupada y entonces Mayra colgó el teléfono. 

Mientras se había alejado para hablar por teléfono habían llegado más personas al lugar. Una veintena de observadores rodeaban a los chicos, pero nadie se les acercaba demasiado. Había que esperar a las autoridades, decían. Mayra, que aún no terminaba de entender lo que acababa de ocurrir, no sabía si debía irse o quedarse. “¿Sabían esas personas que ese era Gerson?”, se preguntaba. En ese momento una de las vecinas, una señora de unos 70 años, le ofreció un vaso de agua.

–¿Es tu primera vez, verdad? — le preguntó. Y Mayra asintió mientras tomaba el vaso. Con la otra mano se secaba el rostro, aún bañado de lágrimas. 

–Imagino que conocías a ese muchacho, lo siento mucho– escuchó decirle. Y ella volvió a asentir. 

–Gracias — fue lo único que logró decir. Pronto llegó la policía. Acordonaron los cuerpos con esas cintas amarillas que dicen “no pase”, y entregaron papeles con citación para declarar a los testigos. Mayra tomó su hoja y la guardó en su bolso. 

–¿Y qué harán con ellos? — alcanzó a preguntarle al oficial.

Los vamos a llevar a la morgue — respondió. La morgue. Ese lugar al que nadie quería llegar. Mayra sintió un último escalofrío y lo tomó como una señal para irse. Miró por última vez a Gerson y caminó las pocas cuadras que la separaban de la escuela. 

Al llegar vio a Inés, que la esperaba en la puerta de entrada. Por más que quisiera disimular se le notaba que había llorado. Cada vez que uno de esos niños moría, ella lo sentía muy hondo. Se abrazaron y fueron a su oficina. Finalmente se sentó. 

— Ya pasó, Mayra, ya pasó– escuchó decirle a Inés.