Historia 7: Un grifo abierto 

 

Tras la muerte de Asunción, la madre de Mayra, en Santa Ana solo quedaban viviendo tres de sus hermanos y su padre. Ellos se sostenían gracias a la siembra y cosecha del café. En la capital , también vivía su hermana María, que era enfermera en el Hospital El Salvador y otro hermano a quien los vicios lo habían alejado de todo.

Mayra había pensado en traer a su papá a la capital  para que pudiera ir al hospital donde trabajaba María. La vida en la ruralidad le preocupaba mucho, los hospitales de alta complejidad estaban bastante lejos de su casa. Evaluar esa posibilidad también era enfrentarse a la realidad de que si lo traía no tendría tiempo para cuidarlo. Además de su trabajo, su casa, sus hijos, ¿Podría soportar una carga más? 

Ella estaba cansada. Se sentía como si estuviera enferma. No había dormido bien desde que recibió la llamada sobre su padre. Era todo en lo que podía pensar.

Quizá lo mejor era ir a verlo y evaluar las posibilidades en el lugar. Además quería alejarse unos días de José, con quien no paraba de pelear. Así fue como decidió que iría hasta Santa Ana para ver a su papá. Aprovecharía para entregarle el dinero que lograra reunir y también para desconectarse del trabajo y de la ciudad. Sus hijos irían con ella mientras que José se quedaría en la capital. 

Escogió el viernes para ir. Apenas terminara la última clase, recogería a los niños e irían juntos a la terminal. En la noche estarían en casa. Habían preparado las mochilas con las mudadas de ropa necesarias. Su hermana ya estaba al tanto para recibirlos al llegar. 

Dentro de toda la angustia, volver a casa de su familia le llenaba de ilusión. Más allá de ver a su padre y reencontrarse con sus hermanos y sobrinos, esa casita era su cable a tierra. El olor del café en la madrugada, ese de la mejor cosecha, siempre le desencadenaba recuerdos de su infancia y adolescencia. También recuerdos de su madre.

Asunción había sido una mujer analfabeta que trabajó desde niña. Tuvo seis hijos con su esposo y  murió de un infarto a los 60 años. No fue una mujer cariñosa, pero siempre hizo todo lo que estuvo a su alcance para asegurarse de que sus hijos tuvieran una mejor vida. Varias veces dejó de comer para alimentarlos y aunque les hacía trabajar en el campo, siempre les impulsó a que estudiaran: 

–No sean como yo — repetía doña Asunción. 

Los orígenes de su familia eran indígenas, específicamente de la étnia Náhuat-Pipil. Ese pueblo originario había sido despojado de sus tierras como muchos otros en el continente y se había ido reduciendo como consecuencia de la conquista y la falta de políticas para preservar su cultura. La lengua Nahuat, que Asunción desconocía, estaba muy cerca de extinguirse. Pero los relatos de sus antepasados, esos que fueron masacrados como tantos otros indígenas, permanecían latentes. Por eso, aunque no supiera escribir, Asunción asumió la enseñanza de la cultura Nahuat como un compromiso con sus raíces y en cuanto tenía oportunidad relataba a hijos, sobrinos y nietos, lo que significó esa injusta cruzada en contra de los indígenas de El Salvador y Centroamérica. 

Esa era una familia de resistentes pero eso no quitaba que pudieran librarse de la pobreza. Hubo tiempos oscuros en los que pasaron hambre. En esas épocas el desayuno era café solo y pan viejo, que tostaban para que no supiera tan mal; frijoles con arroz en el almuerzo, y maíz solo–y a veces con unos platanitos–en la cena. Eso, una y otra vez. La carne era un lujo que no se podían permitir y la leche, tan usual para los niños, solo la tomaban cuando alguien les regalaba o cuando iban a la escuela.

Muchas veces Mayra soñó con tener mucho dinero para salir de allí, aunque la mayoría de esos sueños no iban de la mano con la carrera que decidió tomar. Sabía que siendo comerciante podía lograr dinero más rápido. La inspiraban sus primos que habían empezado con modestos puestos de comida y hoy día tenían restaurantes y tiendas de ropa. Sabía, también, que a diferencia de su hermana Karen, no debía embarazarse tan joven porque eso implicaría más dificultad al momento de estudiar o trabajar. 

Su tía Carmen, aunque la inspiró en su vocación de docente, también le advirtió que era una profesión desagradecida. “Mayra, mija, ser maestra es casarse con el compromiso de servir”, le dijo en alguna ocasión. Ella estaba muy pequeña para entender lo que ese compromiso significaba, y siguió ese camino trazado: ser maestra ¿era la única opción?

Cuando empezó a vivir con José y tuvieron a su primer hijo surgió la posibilidad de seguir los pasos de su prima Ana y armar una pupusería cerca de casa. Con carpetas llenas de papeles, su prima les explicó a ambos qué debían hacer, cómo empezar, por donde seguir. Les habló de dónde conseguir los créditos, de cómo funcionaban las cosas, de una posible sociedad entre ellos. Pero no se atrevieron, Mayra le dijo a José que las cosas en la escuela estaban cambiando para mejor y que ella quería ser parte de eso. Él, por su parte, siempre había estado trabajando en su área: electrónica. En ese momento no parecía una posibilidad quedarse desempleado. Con sus dos salarios lograban salir a flote con su hijo. Cuando llegó la niña las cuentas empezaron a tambalearse. 

Haciendo memoria, más de una vez Mayra se preguntaba qué hubiese pasado si ella hubiese dicho que sí a Ana, si ellos hubiesen montado la pupusería. ¿Cómo hubiese sido su vida? ¿Hubiese podido mejorar la situación de su familia?

Todos esos pensamientos se cruzaban por su cabeza esa mañana previa al viaje, durante el trayecto a la escuela. Todavía tenía una jornada completa que enfrentar, así que silenció sus pensamientos mientras bajaba del autobús. Sintió que el ambiente estaba pesado. No había sol, estaba lloviznando y hacía frío.

Eran las 6:45 de la mañana del viernes y a esa hora solía haber cierto movimiento en el barrio porque las personas que trabajaban en el centro y otras zonas de la ciudad salían temprano para llegar entre las 8 y las 9 a sus empleos. Sin embargo, esa mañana no se veía tanto volumen de gente.

Mayra, que siempre iba a paso rápido por esas escasas cuadras que la separaban de la escuela, aceleró aún más la caminata. Cuando llegó nueva a la zona le habían recomendado nunca mirar a nadie en la cara porque no sabía a quiénes pudiera estar mirando, así que al bajar del autobús, con la respiración mucho más acelerada, el cuerpo tenso, la vista fija en el horizonte, las manos sudorosas, dando pasos agigantados y disimulando su miedo, pasó de largo a un grupo de hombres que se veían bastante sospechosos. 

Los docentes y el personal médico eran intocables en el barrio. Ese era uno de los códigos que regían y que rara vez eran vulnerados. A esa escuela asistían tanto los hijos de los cabecillas de las pandillas como los hijos de comerciantes, de mecánicos. Muchas veces los médicos y las enfermeras salvaban las vidas de los vecinos luego de balaceras, por lo que estaban agradecidos; y las maestras formaban a sus hijos, a veces hasta los alejaban de ese camino difícil que era el de la calle. 

Si bien ser maestra le aseguraba que no le agredieran intencionalmente, siempre estaba la posibilidad de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Las balas perdidas cobraban la vida de muchos inocentes cada año.  

Mayra siguió caminando rápido cuando escuchó que los hombres que había dejado hacía segundos atrás empezaron a correr hacia su dirección mientras gritaban: te vamos a quebrar. 

Ella no sabía qué hacer. En las casas y locales habían cerrado ventanas o puertas para evitar el peligro. Se detuvo cuando vislumbró a dos jóvenes correr delante de ella y supo que iban por ellos. Inundada de miedo, con la respiración entrecortada, y el sudor sobre su frente entendió que debía ir en dirección contraria. En cuanto volteó escuchó las detonaciones: una ráfaga de disparos que se daba a escasos metros de ella. Cerró los ojos con mucha fuerza y se puso instintivamente las manos en el rostro. 

En cuestión de segundos los tiradores habían desaparecido. Abrió lentamente los ojos y se percató de que los dos cadáveres estaban sobre el suelo. Aunque no los podía ver completamente, lo sabía. Estaba inmóvil con su espalda aplanada sobre la pared descascarada de una casa, buscando con sus ojos alguien que le dijera qué debía hacer ahora. Pero las otras personas atrapadas en esa escena, parecían estar tan impresionados como ella. 

–Los mataron, los mataron — escuchó decir a lo lejos.