Historia 6: El acelerador y los frenos 

 

Joseíto jugaba la semifinal del torneo de fútbol en una cancha de tierra cerca de casa. Su papá estaba en las gradas, pendiente del partido, y esperaba a que Mayra llegara junto a Ana para irse todos juntos a la casa. 

Cuando Mayra llegó faltaban menos de 15 minutos para terminar el segundo tiempo y el equipo de su hijo iba ganando. Se sentó junto a su esposo y él le comentó cómo había sido el partido. Su hijo era defensa, y había estado teniendo algunas entradas fuertes. Por eso, ella lo veía bañado en barro. Cuando terminó el partido Joseíto corrió a saludarlos y les abrazó: 

–¡Vamos a la final! — dijo entusiasmado. Su sudor y el barro en su uniforme asustó a su madre, que ya sabía lo difícil que era limpiarlo. A esta altura ni se molestaba en regañarlo. Cuando lo vio también notó que uno de sus zapatos estaba roto. 

–¡Felicidades hijo, me alegro mucho! ¿Qué le pasó a tu zapato? — le preguntó. 

–Ah, mamá, se rompió. Voy a necesitar unos nuevos para la final– le respondió con inocencia. Mayra vio a su esposo como diciéndole “¿Y de dónde sacamos esa plata?”. 

–Ya veremos, hijo.– dijo José. 

Cuando llegaron a casa, Mayra puso la ropa de su hijo en remojo y los niños se fueron directo a bañar. En ese momento, José se le acercó:

— Ya vi el zapato de Joseíto, lo voy a arreglar, no te preocupes– le dijo. 

— Por lo menos resolvé eso. No sé cómo vamos a hacer este mes para pagar esa mensualidad. No me están dando las cuentas y no te han salido más trabajos — le dijo con un tono recriminatorio. 

— Estuve hablando con unos amigos y quizá encuentre algo pronto. También estuve hablando con Emerson… — y antes de que pudiera seguir ella lo miró con descontento. 

— No empecés con esa idea otra vez — dijo con un tono de voz muy fuerte  

–Lo decís porque vos no querés irte- respondió José con fastidio. 

–El tema no es si quiero irme o no, es que vos sos el único que quiere irse, y hablás de que Emerson nos invita a todos cuando en realidad vos querés abandonar a tu familia– 

–No sé de dónde sacás esas cosas, Mayra. Te volvés insoportable– dijo mientras se alejaba.

— Dale, andate.  Vos querés irte y luego allá te encontrás a otra, tenés nuevos hijos y te olvidas de los tuyos y de mí. Eso es lo que vos quéres hacer.– le respondió Mayra, que estaba como fuera de sí. Movía rápidamente las manos mientras le gritaba y hasta se había puesto a sudar. La molestia se le notaba incluso en el rostro, que estaba enrojecido. 

— Vos querés que nos quedemos aquí en la miseria y yo no quiero eso ¿Es ese un pecado? — siguió diciendo José–  

En ese momento empezó a sonar el teléfono de Mayra. Era su hermana Karen. Ella vivía en Santa Ana, el departamento salvadoreño donde había crecido Mayra y donde su familia cultivaba café. 

— Mayra, ¿cómo estás? ¿Tenés tiempo para hablar ahora? — le preguntó con tono de preocupación.

— Hola Karen. Estaba hablando con José, pero contame ¿Qué pasa? ¿Estás bien?–  

— Es mi papá, hermana, está malito — le dijo con la voz entrecortada. Mayra soltó lo que tenía en sus manos y el sudor de su frente parecía multiplicarse. 

–¿Cómo así? ¿qué tiene? ¿Qué pasó? — respondió. Le costaba respirar. 

— El otro día lo llevamos al hospital porque decía que le dolía el pecho y hoy nos dieron los resultados y es su corazón, que está fallando– dijo. Mayra se paralizó por un momento. recordando la muerte de su mamá que había sido consecuencia de un infarto. Saber que su papá corría el riesgo de morir por las mismas causas le preocupaba enormemente. Él no era tan viejo aún, tenía 69 años. 

–¿Pero cómo está él? ¿Está en la casa? ¿Por qué no me avisaste antes? — le preguntó a la hermana. 

— Mayra es que esto pasó muy rápido. Sabés que mi papá siempre se queja de todo, entonces no pensé que sería algo grave. — 

–¿Y necesita algo? ¿Puedo hablar con él? —

–No, ahorita está durmiendo. Llegamos al hospital hace un rato y te llamo porque necesitamos dinero para pagar los medicamentos. Además que tenemos que ir y venir a la ciudad y eso es un viaje. 

–Vamos a ver cómo conseguimos el dinero. Hablá con María mientras veo cómo lo podemos ayudar desde aquí. Nosotros no estamos tan bien de dinero, pero veré qué puedo vender. No te preocupes que vamos a salir de esto– 

–Gracias, hermana. Estaba muy asustada porque así se nos fue mami —

–Todo va a salir bien. Cuando despierte papá me avisás para hablar con él. 

–Si hermanita, gracias. Te llamaré pronto. Un abrazo a mis sobrinos. 

Mayra colgó y se sentó. Se sentó pero se sentía como flotando, suspendida. José había escuchado la conversación y ya se imaginaba de qué iba su preocupación. Le ofreció un vaso de agua para pasar ese trago amargo. 

Todo parecía demasiado para ella y los pensamientos estaban frenéticos en su mente:
¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Mi papá estará bien?, Necesito más dinero, José se ha vuelto insoportable, ¿Nos abandonará?, ¿Papá se va a morir?, ¿Estados Unidos es una opción? ¿Y la escuela?, ¿Le podré comprar un zapato a Joseíto? y seguían y seguían… Ella intentó respirar hondo, pero seguía muy agitada. Su ceño fruncido y su mirada distraída hacían evidente que aquel aluvión de pensamientos no eran más que preocupaciones. 

Tomó el vaso de agua como pudo y puso sus manos en la frente, como masajeándola. De repente su mente la transportó al pasado, a cuando tenía 15 años, a una noche en que la frustración y la soledad parecían las mismas de aquel día:

–Hasta que no terminés de separar esas semillas no entrás a casa — le gritó doña Asunción. Su cuerpo estaba tan delgado en esa época, y tenía la inocencia de quien se había enamorado por primera vez. El castigo que le habían impuesto esa noche era separar las semillas, hacerlo afuera en medio de un viento frío. 

Sus manos temblaban mientras despulpaba los frutos y con delicadeza les extraía el preciado café de sus entrañas. El olor le generaba repulsión y el viento soplaba tan fuerte que las palmas secas del techo sonaban. No era justo estar allí sólo por una carta de amor. Sus dientes rechinaban porque todo su cuerpo temblaba para mantener la temperatura. Qué ganas de irse lejos. Qué ganas de irse con Juan hasta San Salvador y no volver. 

Juan vivía en una casucha vecina y le había escrito en una hoja vieja que la amaba y que lucharía por ella. Los padres de Mayra le habían prohibido a todas sus hijas tener novio. Les decían que solo podrían hacerlo cuando quisieran casarse y que era mejor casarse con hombres de bien y con dinero. En alguna ocasión le preguntaron a Mayra si no quería casarse con el capataz de una de las haciendas cercanas. Ella creía que la estaban vendiendo al mejor postor. 

Pero un día se había encontrado con Juan en una fiesta y ambos se enamoraron a primera vista. Juan era tan delgado como ella, pero su tono de piel era más oscuro y sus rasgos más marcados. Él tenía un año más que ella y recién había pegado el estirón de adolescente. Habían pasado horas hablando el día que se conocieron y se habían besado a escondidas. 

Ese primer beso llenó a Mayra de ilusiones. Se imaginó vestida de blanco y casándose en la iglesia. Teniendo hijos y viviendo fuera, en San Salvador. Pero esa noche, tres meses más tarde de ese beso, pagaba con trabajo la sola intención de estar junto a otro muchacho. Mayra estaba de manos atadas, sabía que no podía enfrentar a su familia y por más ganas de huir que tenía,debía enfrentar la realidad y las imposiciones de su casa. 

Ahora, ya de grande, más de 15 años después, las imposiciones de su casa eran otras: no eran el trabajo en el campo ni la soltería, eran el dinero para salvar a su padre y sostener una familia que se desvanecía. Su papá estaba mal, su relación estaba mal, su futuro era incierto y su única certeza era que no quería separarse de sus hijos jamás.