Historia 5: Introducción al estrés

Como cada día Mayra se reunió a desayunar con el resto de los maestros con los que compartía horario de receso. A ella le gustaba comer tortilla con queso, a veces con frijoles y siempre acompañado con café con leche, al que endulzaba con dos cucharadas de azúcar. Durante esos minutos solían hablar de los problemas dentro de la escuela, de temas personales o también de trivialidades. Entre bocados y cuentos, se les pasaban los 30 minutos de receso. 

Ese día la maestra Caro les pedía consejo a sus compañeros porque estaba atravesando una situación con dos alumnos: las peleas entre ellos se hacían cada vez más constantes y la última vez llegaron a los golpes. 

Para atajar la situación primero había hablado con ellos, luego los había mandado a dirección, habían hablado con sus representantes, les habían suspendido y reprendido, pero nuevamente seguían con una actitud hostil que ponía a todo el salón en vilo. Además, esa pelea separaba a los alumnos en bandos, lo que hacía que hubiese una tensión incesante e incómoda en las clases.

Entre los maestros aconsejaban a Caro distintas cosas: que probara con hacerlas trabajar juntos para aprobar una materia o más bien que los separara. Que les indicara algunos ejercicios prácticos, o que les mandara más tareas. Lo cierto es que ella había intentado todo y habían rumores de que puertas afuera la situación entre ambos era aún más hostil. Eso le angustiaba horrores. Sentía que si algo grave pasaba ella tendría algún grado de responsabilidad por no atajar la riña a tiempo. 

— No es tu culpa, Caro — le dijo Mayra — has hecho todo lo que has podido. Vos has estado allí apoyándolos para que se resuelva, y si ellos insisten ya no podés hacer nada. Pero no eres culpable. 

— Lo sé Mayra, sé que sus padres tienen que apoyarles, sé que lo ideal sería que contáramos con más apoyo en estos casos, pero no deja de inquietarme– dijo preocupada.

La mayoría de las riñas entre estudiantes no se alargaba durante tanto tiempo. Normalmente solían ceder en un par de semanas pero si perduraban, la tensión en toda el aula se ponía pesada y se dificulta el avance de los temas académicos. Cuando no había participación de los representantes en la disciplina de sus hijos, muchas veces eran las maestras las que tenían que acompañarles. Sabían que no era estrictamente su trabajo, pero docentes como Mayra o Caro pensaban que si no lo hacían era peor para todos. La atención en clase se perdía y entonces los perjudicados no eran solo los de la riña, sino toda el aula. 

Caro entendía que acompañar a sus estudiantes no era más que estar allí para cuando quisieran hablar, mediar entre los conflictos, aconsejarles, guiarles. Cuando aparecía la rebeldía y la violencia, más bien le tocaba hacerles entrar en razón. Reconocer que a veces sus malas actitudes partían de frustraciones y esas frustraciones tenían que ver con el abandono o las carencias en sus hogares era la respuesta a muchos porqués. Siempre era aconsejable evitar la culpabilización o la revictimización para poder ganarse su confianza. 

Mientras Caro atendía la situación conflictiva, sus responsabilidades profesionales y personales seguían allí. Ser maestra no era llegar a la escuela e irse. Debía preparar y dar sus clases, corregir exámenes y trabajos, guiar proyectos y otras actividades, no solo en esa escuela, también en otra en la que daba un par de materias extra. Es decir, no solo era lidiar con más de 100 niños y adolescentes, era leerles, escucharles y lograr que aprendieran lo necesario para su futuro. 

En realidad, si las maestras como ellas querían gozar a plenitud de sus ratos libres, debían ser extremadamente organizadas con su tiempo y en una ciudad como San Salvador esto no era necesariamente posible. El tráfico y las trabazones, así como el tema de la violencia y los horarios: el no poder movilizarse a partir de cierta hora, y otros aspectos de la vida en esa ciudad, lo complicaba.

Por ejemplo, esa noche en cuanto Caro llegó a su casa, todavía tenía que corregir las actividades que debía entregar al día siguiente. Había pasado a buscar a su hija a la guardería y juntas habían pasado por el mercado para comprar algunas cosas para hacer la cena. Su pareja, que llegaba aún más tarde que ella, no podía siquiera cenar con ellas. Mientras ella lavaba las verduras y supervisaba a la nena,  pensaba en que debía acostarla temprano para poder adelantar el trabajo.

Cuando llegó él ya habían cenado y estaban jugando en el suelo de la habitación. Ni se hablaron. 

–Mamá, vamos a jugar un rato más — le insistía la niña. Y aunque ella disfrutaba pasar el rato con su hija, no quería que se le acumularan los trabajos. Recogieron los juguetes y la llevó a acostarse. En cama le leyó un cuento y se quedó dormida. Después, salió hasta el comedor y sacó del bolso la carpeta con todos los trabajos. Los empezó a leer uno por uno, calificándolos y dejando mensajes personalizados para cada uno.

Muchas veces no se daba cuenta del escaso tiempo que dedicaba a su familia durante la semana. Exclusivamente los fines de semana se desconectaba de la escuela y casi siempre visitaba a otros familiares o resolvía asuntos de la casa que durante la semana no podía: hacía mercado o limpieza. 

En realidad se había acostumbrado a vivir de esa forma: sin prestar demasiada atención a esa carga mental que su trabajo implicaba. Aunque decidía ignorarlos, esos problemas generaban síntomas corporales: agotamiento, dolores de espalda y cabeza, irritabilidad, etc. A veces llegaba a casa sintiéndose nerviosa, como la cuerda de una guitarra muy tensa, lista para romperse. Muchos malos días de clase terminaban en malos días en casa: peleas innecesarias que nada tenían que ver con su familia y que terminaban a los gritos. 

Y eso indudablemente influía en sus clases. Cuando venía de mal humor, sus alumnos eran los primeros en notarlo: no había el ambiente descontracturado que ellos disfrutaban y ella se cerraba. A veces eso conducía a situaciones límites en donde no había forma de mantener el control de la clase.