Historia 4: Haciendo conexiones 

 

Al llegar al aula Mayra vio a sus alumnos hablando entre ellos como cada mañana, pero mientras recordaba la conversación con Inés y la posibilidad de romper con esa rutina y no volver, sintió un poco de nostalgia. Les pidió que se sentaran e hicieran silencio y empezó la clase. 

A la mayoría de sus alumnos los había visto crecer en esa escuela y aunque este era solo el segundo año como maestra guía la relación que sostenía con ellos era como si los conociera de toda la vida. Quizá porque parte importante de su labor no se quedaba solo en el ámbito académico, era también la contención y el seguimiento de su día a día. Era lo que Inés llamaba y promovía: la educación integral. Si los niños tenían inquietudes ajenas al estudio, muy poco podían rendir en clases. 

Entonces, Mayra sabía cómo era la situación económica y familiar de cada uno. Sabía por ejemplo que a veces Luis solo iba a la escuela para comer, que había fines de semana en los que Jessika los pasaba en casa de su tía porque era imposible soportar las peleas de sus padres, que Kevin había seguido con malas juntas y que Mary tenía grandes peleas con su hermana. En realidad ella sabía todo: cada padre o madre ausente; cada niño huérfano; cada niño violentado o descuidado. Por todos sentía una gran estima y siempre buscaba la manera de acercarse a cada uno. Si bien era poco lo que podía hacer en la mayoría de los casos, el solo escucharles y que ellos pudieran desahogarse, hacía la diferencia. Ella lo medía por el interés y el nivel de participación en sus clases. 

En cada clase Mayra abría un espacio de escucha: no solo hablaban de cosas académicas, también personales. Muchas veces las palabras de los niños le llegaban al alma y en ocasiones hasta se rompía en llanto al salir del aula.

Una de esas veces fue cuando Jeferson fue testigo del asesinato de su tío y le contó todo. Los escalofríos recorrieron su cuello en cuanto empezó a detallar la escena. Imaginó esos gritos de la abuela, la desolación de esa prima, y el shock de un niño de 8 años, que jamás habría tenido que pasar por eso.  

Ella lo escuchó y disimuló su asombro. Respiró hondo y recordó lo importante de crear vínculos que permitieran a sus alumnos confiar en ella para compartir semejantes experiencias. Después de que cerró la sesión le comentó a Inés que entendió rápidamente lo que eso significaba, sobre todo luego de sus experiencias con los excombatientes. A las maestras y maestros no les enseñaban a lidiar con eso, pero muchas se vieron obligados a aprender por la experiencia misma de trabajar en esa escuela con niños en situación de vulnerabilidad. Y no era fácil. 

Esa vulnerabilidad a la que estaban sometidos en el barrio era un hecho que preocupaba a todos por igual. Sin embargo, la escuela tenía un punto a su favor: era un territorio de paz. Allí nadie juzgaba a los niños por lo que pasaba de las puertas para afuera, y desde afuera, se respetaba ese lugar. 

El respeto se hacía notar desde las instalaciones: si bien no había gran presupuesto para mantenimiento, la dirección se preocupaba por mantener esos muros inmaculados, se le pedía a los chicos que tuvieran los uniformes, y que los salones se mantuvieran en orden después de todas las actividades. También se exigía la puntualidad y la presencialidad. Este era uno de los aspectos más difíciles de cumplir.  

Por políticas gubernamentales y luego de las reformas promovidas por la gestión de Inés, la plantilla de alumnos había subido al doble y la permanencia un 70%. Se habían generado importantes programas, becas para alumnos, inserción laboral, talleres de trabajo y actividades extra curriculares que les mantenían interesados a hacer vida dentro de la escuela. La verdad es que afuera no había certezas de nada así que todo lo planificaban dentro del recinto. 

Y allí se cumplían reglas y deberes, así como también eran muy claras las responsabilidades de los docentes. Todo estaba escrito, como con letra sagrada, porque dentro del recinto solía haber orden y control. Inés decía que esas reglas servían para tener un orden y no caer en la anarquía que reinaba puertas afuera. A veces surgían quejas y también rebeldes, pero el tiempo les había dado la razón así que todo se encauzaba. 

Y si bien Mayra sentía mucho cariño y agradecimiento hacia Inés, le parecía que a veces las exigencias para con los docentes eran demasiadas en comparación con el sueldo que percibían. Por eso siempre decía: si no fuera por la vocación, por el orgullo de ver a sus alumnos graduados y trabajando, por esas llamadas reconfortantes, por el cariño que recibía, quizá ella no estaría ahí. 

Era agotador y nadie del plantel lo decía en voz alta porque siempre se esperaba de ellos la entrega absoluta. Ser una maestra abnegada era sinónimo de un buen desempeño como profesional y por supuesto que eso les emocionaba, pero la verdad era que había poco reconocimiento externo de su trabajo y les hastiaba. 

Más de una vez Mayra pensó que era demasiado. Más de una vez Mayra se sintió cansada de todo. Formar a los ciudadanos del futuro no era, para nada, una tarea sencilla y ella sentía que se necesitaba mayor reconocimiento. Muchas de las maestras, para soportar la precarización buscaban trabajos temporales y oportunidades informales y con eso completaban los salarios, eso sin hablar de las remesas que seguían siendo una fuente de ingreso importante. 

Inés no era ajena a esta situación y bastante que pujaba por ello. Siempre estaba consciente de las discusiones y los debates sindicales, siempre buscaba nuevas formas de ingreso y maneras para eliminar las cargas a los docentes pero nunca era suficiente: el país les daba la espalda y ellos no podían sino continuar. 

De hecho uno de los retos que tenía como directora era ese: el de motivar al desmotivado. No todos los docentes de la escuela eran como Mayra. Había quienes cumplían con lo estrictamente necesario. A veces, incluso, ni siquiera cubrían las horas completas, pero cómo exigirles más sin ser insensible. Las faltas a veces tenían que ver con problemas personales o con las mismas condiciones de la ciudad: la fallas de transporte, la violencia, los servicios… no era fácil. 

Y claro que a veces la idea de renunciar invadía la mente también de Inés, pero en seguida pensaba: “¿Y si renuncio y dejan que todo lo que construí con este equipo se desplome?” La sola idea de volver a como estaban antes la espantaba. Así fue como entendió la importancia de parar y de crear otros espacios para nutrirse y seguir: hizo del tiempo semanal con su esposo una válvula de escape y el negocio gastronómico, una fuente de ingreso que se acoplaba con su pasión por la cocina. También los viajes, las escapadas: Inés no era de las que les gustaba estar quietas ni un solo momento. 

Uno de los retos a los que se enfrentaba era que los buenos maestros no dejaran la escuela y por eso elegía generar lazos fuertes con ellos. La posibilidad de que Mayra se fuera, de hecho, no le gustaba nada.