Historia 3: Cuando Mas Fuerte se Hace

 

Sentadas en la pequeña oficina del gran colegio, la maestra Mayra y la directora Inés hablaban sobre temas más que profesionales, personales. 

–¡Ay, Inés! Perdoná que venga tan temprano a contarte mis problemas pero… — empezó Mayra.

— Nada de eso, vos sabés que aquí estamos para escucharte. Contáme qué te tiene así.– le respondió. 

–Desde hace un tiempo…en realidad desde que José perdió el trabajo, se le ha metido en la cabeza que nos vayamos a Estados Unidos. Eso me tiene inquieta. Su hermano le está aconsejando que vayamos y yo me lo estoy pensando.

–Pero bueno, hija, ¿Vos qué querés hacer? 

–No sé… Necesitamos más dinero, pero yo no nos veo viajando hasta allá. Aunque debo decir que sí creo que los niños tendrán muchas más oportunidades. No sé si eso es suficiente para decidir. A veces pienso que en realidad él se quiere ir solo y quiere dejarnos. Nuestra relación no va bien. 

–Hay muchas cosas que debés pensar, querida Mayra… Primero, qué es lo mejor para vos, para ellos y para ustedes. Después, ver los costos: irse no es barato y si me dices que tu esposo no tiene empleo, es difícil. Y bueno, también es importante saber si estás dispuesta a cambiar tu vida radicalmente — le dijo Inés con tono maternal. La verdad es que desde que Mayra perdió a su madre ella se había convertido en esa figura. 

No sé, no sé. Sé que estar aquí es complicado. Nos jugamos la vida, estamos justitos con el pisto, la inseguridad que siempre nos hace temer, pero ¿dejarlo todo e irnos? no sé.

–Está bien, no tenés que tomar una decisión ya mismo… Pensálo  bien, hablen con calma.– sentenció la directora. Aprovechó de servirle el café a su compañera, que seguía preocupada

Cuando Mayra era pequeña soñaba con ser como su tía Carmen: la maestra que generación tras generación formó a los niños del pueblo y que en esa época daba clases en la ciudad. Ella se enorgullecía al decir que su tía era la seño, y cuando estaba junto a ella, se sentía inspirada y segura. Esa sensación siempre era muy reconfortante, sobre todo en el momento tan complejo que les tocó vivir: la vida después de la guerra. 

Mayra nació después de la guerra. Desde muy pequeña escuchó las trágicas historias de sus familiares y vecinos. Le conmovía escucharlas, así como pensar en aquellos niños que quedaron huérfanos y en las familias separadas. De esa época tiene el recuerdo de sus papás, haciendo cualquier cosa para traer comida a la casa. El país estaba recuperándose de la guerra, pero las familias más pobres no encontraban fácilmente oportunidades de trabajo. Uno de sus tíos había muerto en la guerra, mientras que otros habían emigrado. Su familia se había movido a un pueblo rural, donde los 7 hermanos y decenas de primos crecían entre animales y plantas. A ese pueblo llegaba cada noche su tía Carmen, quien le contaba la historia de El Salvador y de la guerra como cuentos fantásticos, y les reforzaba los estudios que precariamente brindaban en la escuelita.

A Carmen le gustaba la historia y era maestra de primaria en la ciudad. A su sobrina siempre le preguntaba: “¿ Y qué querés ser cuando seás grande, Mayra?”, a lo que ella respondía: “Maestra, como mi tía”. Ser tan joven y ya saber qué querés hacer con tu futuro, no es algo que tantas personas puedan presumir.

En vez de salir a correr o jugar escondelero con otros niños, Mayra se quedaba en el patio de tierra detrás de su casa, ponía las muñecas y juguetes en filas y con la inocencia de una niña, empezaba a imitar a su tía. Algunos de sus hermanos y primos se unían al juego y eso la emocionaba aún más. A veces ella inventaba palabras para enseñarlas y todos se reían.

— Mayra, esa palabra no existe– le decían. Las primeras veces ella lloraba porque se sentía incomprendida pero luego desarrolló una respuesta que los dejaba a todos callados: 

— Claro que existe pero lo que pasa es que aún no te la enseñan.

Carmen veía a su sobrina con orgullo.

En cuanto Mayra terminó la escuela nunca lo dudó: quería ser docente y empezó a estudiar para lograrlo. Se mudó con una prima a San Salvador y mientras trabajaba, estudiaba. Su vida entonces era bastante cansada. Daba clases en las mañanas y en las noches recibía clases. A medida que iba avanzando en la carrera, se convencía más de que eso era lo suyo pero el tema económico era una preocupación: encontrar una plaza en Gobierno era difícil y el sueldo que percibía era realmente muy bajo.  

Inés, entretanto, tenía una gran responsabilidad por esos años. Ese país, que se reconstruía luego de tanto dolor de la guerra, necesitaba personas que inspiraran el cambio. La contrataron para dar clases  a ex combatientes de la guerra que debían reinsertarse en la sociedad. Si bien su experiencia previa había sido con niños, utilizó técnicas pedagógicas que le permitieron vencer los obstáculos y dio clases de lectoescritura para varios niveles.

Más allá de las clases, la experiencia con los excombatientes era emocionalmente retadora. Muchos de esos alumnos habían perdido alguna extremidad o estaban tan afectados en su salud mental que costaba tenerlos en el aula las horas indicadas por el plan de estudios. Algunos, desorientados, no lograban prestar la atención que se requería. 

 A veces Inés detenía la clase solo para respirar. Aparecían entonces los lamentos, y muchos expresaban sus sentimientos como si en vez de una clase fuera una terapia grupal. Inés entendía que el trauma era generalizado.

Ella estaba convencida de que los conocimientos abrían muchas puertas y aunque algunos de esos hombres sentían que ya se les había acabado la vida, otros estaban allí, luchando por permanecer y pertenecer. Con ellos, sobre todo, trabajaba Inés. 

Había uno de ellos que recordaba particularmente. Era el excombatiente Rigo, aunque algunos otros estudiantes se referían a él por su nombre de guerra o simplemente como “comandante”. Su índice derecho era un simple trozo.

La mayor parte de su dedo había desaparecido hacía mucho tiempo. Desde 1982 fertilizando la tierra que entierra los secretos de Rigo y de varios en algún lugar de Chalatenango.

Un día, los vívidos recuerdos y el intercambio apasionado de Rigo encontró a Inés y a los demás estudiantes con la guardia baja. Generalmente reservado, pero amistoso, Rigo y los otros combatientes nunca hablaban de la guerra. Inés había dejado claro que la política y el pasado no tenían cabida en el aula.

Inocentemente, impulsada por su propio amor por la poesía, Inés usó algunas líneas de José Martí para enseñar gramática. Quizás fue Martí, un hijo de Cuba, quien llevó a Rigo a romper las reglas no escritas del silencio.

Luego de escuchar los primeros versos él la interrumpió con los ojos muy abiertos y comenzó a compartir. Algo en el poema lo había traído de regreso a ese día, al bosque, a la base que se quedaba en un cafetal abandonado. 

Con voz apasionada, Rigo empezó a hablar de Cuba, luego de los primeros días que estuvo en la guerrilla.

Inés se quedó congelada y junto a ella toda el aula. Ella no estaba entrenada para lidiar con esto.

Mientras Rigo continuaba, inundado de recuerdos e inundando al resto de la clase, el pecho de Inés se tensó. Su garganta se cerró. Cada golondrina se sintió como una piedra. La guerra que todos habían vivido pero que nadie quería recordar volvía al aula a través de esa memoria compartida y todos coincidían en que era mejor dejarla en coma.

Inés recuerda cómo se sentía. Esa garganta cerrada, la piel de gallina que insinuaba miedo y culpa por igual. Y el frío en la punta de sus dedos. Ese día fue sofocante, pero las yemas de sus dedos se convirtieron en hielo cuando Rigo habló.

Al final, dejó que Rigo inundara la habitación con sus recuerdos. Ella no lo detuvo pues su pasión era demasiado grande y su miedo era demasiado real para que ella interviniera.

Cuando el comandante se calmó, se quedó quieta, sin saber si había abierto las puertas del infierno o simplemente había dejado que su alumno tuviera un momento necesario en el púlpito. Por lo que pareció una eternidad, Inés se quedó rígida y en silencio mientras Rigo terminaba sus comentarios. 

Lentamente, miró a su alrededor: una mujer sola en una habitación de hombres heridos por dentro y por fuera.

En ese momento, ella no sabía que ese incidente le haría ganar su confianza, una confianza que se evidencia en la dedicación a su maestra. Con autoridad silenciosa se ganó su respeto y con cercanía, su confianza. 

Poco a poco los fue acompañando. La última clase que tuvo, recuerda haber ayudado a uno con su currículum. Cuando le dieron el trabajo, este la llamó para agradecerle. Ella, luego de cerrar la llamada, lloró emocionada.

Esa experiencia había significado un antes y un después para Inés. Luego de atraversarla se sentía preparada para cualquier escenario y quizá por eso, años después cuando le ofrecieron la plaza en esa escuela ella accedió sin dudarlo

Al principio sintió miedo. La zona era famosa y no por las mejores razones. Se decía que era el lugar más peligroso de San Salvador. Era usual escuchar en las noticias las muertes violentas que sucedían allí. 

En los primeros días escuchó muchísimos disparos y cuando los sentía cercanos se paraliza.  ¿Esto es siempre así?, le preguntó a una compañera. Y la respuesta era sí. Pero eso no la detuvo. Al contrario, empezó a pensar cómo hacer de esa escuela un lugar seguro. 

Poco a poco fue presionando por pequeños cambios. Durante las horas que estaba en la escuela invertía toda su energía en el bienestar no solo de los alumnos, que tanto lo necesitaban, sino también de sus compañeros docentes.

Inés siempre decía que no podían exigir que los docentes hicieran bien su trabajo si no se les daba las condiciones más favorables para hacerlo. Y exigía y exigía… hasta que un día llegó a la vicedirección y después a la dirección.  Su gestión, que ya iba a llegar a los 10 años, había sido la más productiva en décadas. Uno de los elementos diferenciadores de otras instituciones escolares era la permanencia de sus estudiantes: por más problemas que hubiera en la zona, por más complicado que fueran los contextos familiares de sus alumnos, muy pocos dejaban la escuela. 

–No hay fórmula mágica–se cansaba de repetir a quienes le preguntaban qué hizo para lograrlo. Gran parte del éxito también tenía que ver con el trabajo de los docentes como Mayra, que aún con las carencias que tenían, lograban brindar la contención y la educación necesaria para esos niños y adolescentes. 

El trato directo con los funcionarios del ministerio de educación y otros entes gubernamentales aceleraron los cambios con los que ella siempre había presionado. Pero quedaba mucho, muchísimo por avanzar. La educación no parecía ser la prioridad de ningún gobierno. Y menos, en un sitio como ese, que crecía con la mala fama. Inés recuerda cada rostro de los niños que acompañó en su transitar por la escuela durante todos esos años, pero los nombres no… eran miles.

Algunos, sin embargo, no lo lograron y ese recuerdo siempre le pesa.