Historia 2: Volver al Principio 

 

Al otro lado de la ciudad, Inés esperaba a su esposo para la cena. Ella era la directora de la escuela en la que trabajaba Mayra y además, junto a su esposo, tenía un restaurante. El local era famoso por sus pupusas pollo frito. Era alta, de contextura gruesa y su cabello siempre estaba planchado y pintado de castañorubio claro. Desde que sus hijos dejaron el hogar, ella invirtió el tiempo de lleno en sus dos pasiones: la enseñanza y la comida. En la escuela dirigía y en el restaurante administraba, siempre con autoridad y diligencia.

Esa noche había cocinado una pasta sencilla que le recordaba a su infancia: un poco de espinacas, crema y mucho queso. De niña la odiaba porque no le gustaban los alimentos verdes. En esos años pasados, su mamá la obligaba a comer porque decía que las verduras le daban fuerza para crecer. Inés recuerda una noche que su madre le dijo:

— Si no te la comés no te levantás de la mesa —

Ella, que tenía seis años, se quedó sentada frente al plato, viéndolo con asco, y también veía a su mamá, que terminaba de limpiar las ollas que había usado para cocinar la cena. Miraba de reojo cómo sus hermanos devoraban el mismo plato y eso le inquietaba: si no se comía la pasta se quedaría sola en la mesa. Pasaban los minutos y ya era la única sentada. Escuchaba cómo jugaban en la sala.

–¿Aún no te lo terminás, Inés? — le preguntó su mamá luego de un largo rato a solas en el comedor. Y ella negó con la cabeza, orgullosa, sabía que era una pelea de quién aguantaba más. Lo que no se esperaba era que en algún momento el cansancio se hiciera tan insoportable. Se apoderó de ella al punto de quedarse dormida sobre la salsa. Cuando sus hermanos la vieron empezaron a reírse y ella se despertó de un solo y con sus manos se limpió la cara. Entonces, esa mamá tan estricta tomó una servilleta y la pasó por su cara

–Bueno, si te comés la mitad te dejo ir a la cama. — La señora Edith le calentó un poco los macarrones y le puso más queso de ese que le gustaba a Inés y solo así ella se lo comió.

–Mami, no estaban tan mal los macarrones — le dijo. Y después se fue a dormir. Ahora, esos mismos macarrones resultaban ser uno de sus favoritos porque le recordaba a ese hogar donde, a pesar de todo, estaba segura. 

Desde chiquita, Inés tenía una personalidad decidida, de carácter fuerte, era conocida por lograr lo que se proponía, pero al mismo tiempo generaba esa impresión de ser una persona cercana, siempre abierta a escuchar a los demás. Esos dos aspectos, sin duda, habían influido en que ella lograra grandes cosas en la escuela. 

Mientras pasaba la espátula en la cacerola miró que el reloj colgado en la pared  marcaba las 8:30 de la noche. Se dio cuenta de que Eduardo, su marido, estaba retrasado y se puso inquieta. Tomó su celular, marcó de inmediato, pero nadie contestó.  

La sola idea de que algo malo le hubiera pasado le nublaba el pensamiento. Con la tensión sobre sus hombros, el sudor en su frente y las manos temblorosas, recordó la última vez que su esposo llegó tarde a casa: le habían robado el carro y nunca más lo recuperaron. Además de dejarlos por un buen tiempo sin transporte, a raíz de ese episodio Eduardo llevaba una cicatriz en la frente: lo habían golpeado en medio del asalto.

Inés revisó la última conexión en WhatsApp de su marido y se dio cuenta de que hacía una hora no revisaba el teléfono. La angustia era grande. Le dejó una nota de voz muy preocupada y notó que no le llegaban. “¿Será que no tiene señal? ¿Le habrán robado el celular?”, pensaba. 

Diez minutos después de la llamada fallida, que ella había sentido como una hora solo por la angustia, recibió una llamada de César, el único de los tres hijos de Inés que vivía en El Salvador. Aunque no era hijo biológico de Eduardo, luego de tantos años en pareja con su madre, ya se trataban como familia. César, además, le había dado a Inés su primer nieto. Ella disfrutaba verlo crecer cerca.

–Hola mamá, aquí estoy con Eduardo que se quedó sin batería. Me vino a auxiliar porque me quedé accidentado en la autopista — le dijo. Un suspiro largo desahogó la presión que sentía Inés en el pecho. 

–¿Pero está todo bien, hijo? ¿No les hicieron nada? — insistió en preguntar.

— No mamá, no se preocupe, aquí estamos bien. Esperamos que venga la policía y vamos a casa. – dijo. 

Mientras Inés sumaba un plato para la cena en la mesa, pensaba en la posibilidad de que algo grave les hubiera pasado y se lo estuvieran escondiendo. Desechó rápido la idea. Era muy difícil que le escondieran las cosas a ella. 

Cuando llegaron a casa, la mesa del comedor estaba servida y una olla grande de macarrones humeaba en el centro. César había pasado un susto grande al quedarse accidentado en la carretera y Eduardo lo auxilió.  

–No fue nada. Ya estamos aquí– le dijo a su esposa al llegar a casa, luego de besarle la frente. 

La cena transcurrió con tranquilidad. Inés se fue a acostar pronto porque, como cada día, tenía que despertarse muy temprano para ir a la escuela. En lo que cerró los ojos quedó rendida. 

Al día siguiente, Mayra la esperaba en su oficina. Antes de su primera clase, quería hablar con ella. Más que la directora, Inés era su amiga. Tenían 8 años trabajando juntas en esa escuela y la confianza que se tenían trascendía esa institución. Inés percibió la angustia de Mayra no solo por el hecho de llegar antes que ella a su oficina, sino también por la mirada cómplice y las manos inquietas de su maestra. Por eso, en cuanto la vio supo que la necesitaba como amiga, no como superior, así que se plantó muy rápidamente a su lado.

–¿Qué te pasa, Mayra? Contáme — le dijo.