Historia 19: Un Nuevo Tipo de Viaje 

 

José y sus hijos habían ido al parque como salida de despedida y ahora los entregaba a su mamá. Minutos antes les había dicho a los niños que se iría. Ana aún lloraba y Joseíto se veía confundido. Con su mano gruesa, el padre le acariciaba el cabello a su hija.

–Nos volveremos a encontrar, mi vida — le decía. 

–¿Sí? — preguntaba ella con inocencia. 

Mayra veía todo agitada, incómoda, con un profundo dolor.  No solo era el dolor que sentía ella misma, sino también por el que veía sentir a sus hijos. Tomó de la mano a Joseíto y cuando fue por Ana, ella abrazó a su papá muy fuerte. Lloraba aún más fuerte. 

–Vamos, hija, papá va a volver pronto — le dijo, sabiendo que le engañaba, para intentar separarles. 

–Sí, voy a venir y nos vamos ir  juntos — le dijo José, pero la niña seguía pegada a él como un piojito. 

Mayra estuvo tentada a recriminarle a José su decisión, estuvo cerca de llorar ella también, estuvo con ganas de gritar tal y como Ana lo estaba haciendo, pero la maestra que había en ella le decía que tuviera el control, que no perdiera los estribos, que se aferrara a la cordura. Que, por un momento, separara sus sentimientos y pensara que era lo mejor para ellos, sus hijos. 

Entonces, se agachó y miró a su hija a los ojos. 

–Ana, mi amor, nos tenemos que ir ahora.Tu papá se tiene que ir y te prometemos que va a volver. ¿Podés calmarte por favor? — dijo. Y el berrinche empezó a bajar de intensidad. Incluso Joseíto aprovechó para tomar a su hermana menor de la mano y guiarla a su lado. 

En ese instante Mayra volteó a ver a José, que tenía los ojos llorosos, y se veía bastante afectado por la despedida.  

–Suerte– le soltó con un tono maternal. Como haciéndole ver que ella no se iba a minimizar. Aunque claramente aparentaba, tenía una armadura invisible.  

Mayra regresó con esa armadura puesta hasta la casa, de la mano de sus hijos. Al llegar  ellos fueron corriendo hasta su cuarto y cerraron la puerta en señal de molestia. Ahora a ella le tocaba lidiar con eso y con todo. Sola. Y la armadura pesaba cada vez más. 

Revisó su celular unos instantes, como buscando una última señal que parara todo, como deseando un mensaje de José que dijera “me arrepentí”, pero no había nada. Fue hasta la cocina y tomó una de las cervezas de su esposo, la abrió y, como si fuera un ritual de sanación, la bebió en sorbos largos deseando que el sabor le desenredara su malestar. 

Mayra no quería pensar en el futuro, ni en el pasado, no quería llorar desconsoladamente ni reír, solo quería que eso que sentía pasara rápido. Quería tener la mente en blanco y tener la certeza de que saldría de ahí. Pero no había nada de eso. Detrás de su armadura estaba una ansiedad tremenda por el futuro, una sensación de pena por no haberse atrevido a irse, el gran peso de la derrota, que tenía el rostro de su madre, la inseguridad de no saber qué venía, un bajón de ánimo que la hacía sentir  poca cosa, un dolor producto del abandono, y la culpa de abandonar. 

¿Hasta cuándo Mayra podría cargar con esa armadura? ¿Esa armadura la protegía de algo que no fuera ella misma? Quizá estaba bien sentir eso, sentir todo eso. 

El que se iba era José, pero la que renacía era ella. ¿Cómo seguiría la vida ahora? ¿En qué se convertiría la rutina? ¿Qué tan malo era sentirse bien por estar sola? 

Tantos pensamientos fueron interrumpidos por la llamada de Karen, que le recordó que su papá estaba fuera de peligro, que le insistió en volver a Santa Ana, quien le aseguró una visita pronto. Mayra sintió esa llamada como un abrazo, pero no se atrevió a decirle nada más que gracias. 

Frente al espejo del baño. Lo primero que hizo fue quitarse los lentes y después la cola alta que siempre usaba para recoger su cabello largo, liso y cada vez menos castaño. Lamentó cómo se veían las raíces negras de ese pelo que ya tenía varios meses sin pintar y también esas bolsas oscuras que tenía debajo de sus ojos. Se refrescó la cara con el agua y se trenzó el pelo, como solía hacer antes de irse a dormir. Antes de salir se puso la ropa cómoda que usaba de pijama: una camisa vieja y unos pantalones deportivos de algodón. Su metro y 55 centímetros de estatura se perdían en ese atuendo.

Después de todo el recorrido, Mayra era la misma, solo que un poco más vivida.