Historia 18: Cuando la Luz Brilla Más 

 

Había días en los que despertar pesaba más, días en los que todo adentro dolía, días en los que era más bien indiferente. Incluso había días en los que se sentía, de nuevo, feliz. Esos, los felices eran los menos frecuentes pero cuando llegaban, Mayra se los disfrutaba. Ese era, más bien, un día normal. Preparaba el desayuno y las meriendas para Ana y Joseíto en automático. Cuando saboreó el café y empezó a caer en cuenta de la fecha una amargura la invadió: era su aniversario con José. 

Miró de reojo la foto que aún permanecía sobre la mesa de la sala, esa en la que ambos se veían muy jóvenes y enamorados. Se preguntaba cuándo ese brillo de ojos, esa pasión, ese cariño, habían desaparecido. Se preguntaba también cuándo José había decidido burlar el compromiso de estar allí para siempre.  Sin embargo, a diferencia de otros momentos, así cómo había llegado la amargura Mayra hoy podía darle forma y elegir ignorarla. En un par de días José se convertiría en pasado. 

Tomó la foto y la guardó en un baúl dentro del cuarto sintiendo que así  ese recuerdo dejaba de atormentarla. Volvió a la cocina, vio las tortillas listas y guardadas, llamó a los niños bañados y perfumados, se fijó que las tareas estuvieran revisadas y cuando todo estuvo en orden, salieron. Dejó a sus hijos en la escuela y fue camino a la otra escuela. 

Atravesar las calles donde había ocurrido la balacera no le dió pánico ese día, a diferencia de otros en los que no podía caminar sola. Al llegar a la escuela y ver el mural de Gerson, que antes no podía ni mirar, le pareció bonito. El saludo del profesor Eliecer no se le hizo tan antipático. Caminar por el pasillo no le pareció tan pesado. 

Abrió el libro en la lección del día y al poco tiempo de empezar escuchó un chiste de uno de los alumnos que le sacó una sonrisa indisimulada.

“No es mi culpa”, se repetía cuando algo venía a su mente a entorpecer su bienestar. Y había días en los que funcionaba, días en los que los pajaritos se escuchaban más armoniosos, días en los que el cielo se veía más azul. Incluso en esos días podía pasar que una situación en clases la enoja, que se molestara con los indisciplinados, que se decepcionara porque los niños seguían sin hacer caso, pero esas molestias del oficio, eran efímeras. 

Al volver a casa ese día, vio el espacio vacío en la mesa de la sala con curiosidad. En el lugar donde estaba la foto pensó en poner un florero. Talvez mañana, porque hoy no era momento para eso. Se acostó en el sofá, encendió la tele y junto a sus hijos eligió ver una película de muñequitos. Así, entre los brazos de Ana y Joseíto, y las patas de los perritos Mayra pensó que quizá eso era la felicidad. Cuando aparecieron las carcajadas de esos niños sentenció para sus adentros: “Esto es la felicidad”. Sabía que era momentáneo. Que el próximo jueves cuando fueran hasta donde su papá para despedirlo quién sabe hasta cuando, en vez de risas aparecería el llanto de ellos y quizá de ella misma. Y se preparaba. 

Esa noche acompañó a los niños hasta el cuarto, les apagó la luz y se fue bien calladita hasta su habitación. Se metió debajo de sus colchas, se puso en el centro de la cama matrimonial, abrió sus brazos y piernas y pensó: “esto también puede ser la felicidad”. El vacío de sentirse sola no se iba, estaba ahí y si se esforzaba podía sentir él dolor, pero eso no quitaba que pudiera reconocer la comodidad que eso le daba. Si algo significaba estar sola era, finalmente, pensar en ella primero. No era del todo malo. 

Con una media sonrisa y el retumbar del recuerdo de las carcajadas de sus hijos, Mayra se acostó hasta dormirse.