Historia 17: Cuando Lamentamos Decisiones Pasadas 

 

Sonó la campana del recreo y la bulla de los niños  empezó a hacerse más fuerte. Mayra cerró el libro con el que venía dando la lección a sus alumnos  y apoyó sus manos sobre el escritorio.

–Pueden salir al recreo– dijo. Mientras recogía sus pertenencias, veía a los niños salir y su mente volaba hacia distintos lugares. “No puedo seguir estando tan distraída”, se retó. En ese momento revisó su celular donde se leía un mensaje de José.”¿Podemos hablar? Es importante”, decía. 

Un dolor en el pecho apareció inmediatamente después de leer eso y su panza se revolvió. Se temía esa separación definitiva, le dolía en el cuerpo, y en realidad no se sentía con ánimos de enfrentarla. Así que intentó ignorarlo e intentó seguir como si no hubiese pasado nada. Fue a desayunar con los profes pero estaba alejada, les escuchaba silente. Su pensamiento parecía un juego de pinball, donde la pelota se movía en diversas direcciones con el impulso de dos paletas controladas por el jugador y se golpeaba con distintos obstáculos: José, sus hijos, su familia en Santa Ana, el dinero, José otra vez, sus alumnos, Gerson, su madre Asunción…

“Bueno, Mayra, pero ¿qué es lo que tanto te inquieta? ”, pensó. Y la respuesta quizá no era tan sencilla. Mayra estaba enfrentando lo que para ella era un gran fracaso. Entonces, el arrepentimiento. 

Se imaginó de repente de joven, eligiendo una vida en Santa Ana, rodeada de su familia, imperfecta, pero unida. Ella había roto esa unión al irse. Ella había tomado una serie de decisiones que ahora parecían equivocadas. Estudiar docencia, casarse con el primer hombre que conoció en San Salvador, aceptar sus condiciones, tener hijos muy pronto, olvidarse de su familia sanguínea, no despedirse, abandonar. “¿Por qué lo hice?”

En pocos minutos se había armado una cadena de arrepentimientos, del primero se desprendían los demás: “Si tan solo me hubiese quedado…” 

Irse de Santa Ana había significado para Mayra lanzarse al vacío. Había significado también retar su destino. No solo separarse de su familia si no abandonarlos. Y ahora pensaba que no podía esperar otra cosa que no fuera lo mismo: el abandono, pero en este caso de su pareja. Sus hijos crecerían con ese rencor de no tener un padre presente y, dentro de todo, era su culpa: ella lo eligió para ser su padre, ella elegía permanecer en El Salvador y no aventurarse, ella decidía por ella pero también por ellos. ¿La perdonarían? 

Después de todo lo que había pasado, después de tantos tropiezos, le dolía saber qué la idea de familia que había construido desde que salió de su casa era tan frágil como el vidrio

Los augurios de doña Asunción cobraban sentido: “nunca vas a poder ser feliz porque sos demasiado egoísta.”. Egoísta era una palabra que le retumbaba en la mente. Mayra no tuvo tiempo de despedirse de ella y en su funeral la carcomía la culpa: “nunca me perdonó haberla irrespetado, nunca me perdonó haberla ignorado, nunca me perdonó haberla abandonado”. 

Mayra volvía entonces a la imagen de esa adolescente que tomó la decisión de irse bajo la promesa de construir un sólido hogar y la contrastaba ahora, siendo una madre de dos, separada. Esa promesa se desintegraba frente a ella. 

“Ojalá no me hubiera ido. Ojalá no estuviera aquí en San Salvador”, se dijo. El “No es mi culpa” que días atrás se repitió como mantra se desvaneció y ese día sólo podía pensar en cómo de sus elecciones resultaba su suerte.

El arrepentimiento también era moneda común para Inés, que luego de la negativa de su hija Amanda a la reunión familiar que tanto había preparado, empezó a pensar si es que acaso eso era consecuencia del rencor o de algún modo en el que le recriminaba el abandono que ella y sus hermanos sintieron de pequeños. 

Luego de darse cuenta de que efectivamente no fue una madre presente en su crianza durante la infancia, adolescencia y mucho menos en su adultez, Inés pasó de los lamentos a la acción. No quería dejar pasar más tiempo alejados y por eso organizó ese viaje y pensó otras maneras de tenerlos cerca. Les escribía por Whatsapp más a menudo e invitaba a César a la casa. Pero tenía frente a ella un muro imaginario, construído por sus propios hijos que habían tomado la independencia como separación. 

No solo era Amanda y su negación, también era César que evadía los mensajes y Carlos, el más lejano y menos conversador de todos, del que poco sabía y que casi nunca le contestaba las llamadas. 

Inés miraba al pasado y, a diferencia de años anteriores donde sus decisiones eran motivo de orgullo, hoy le causaban dolor. No se acordaba haber asistido a momentos importantes en la vida de sus hijos, no se acordaba de sus primeros novios, del descubrimiento de sus pasiones, no se acordaba los deportes que practicaban, ni sus comidas favoritas. En realidad los desconocía. Se acordaba de los regalos que les daba: juguetes y ropas caras, viajes y hasta algunos caprichos, pero los momentos en familia eran muy pocos.  

En contraparte Inés recordaba a muchísimos alumnos. Los había visto crecer a la par de sus hijos. Había logrado mucho en cada curso que brindó y en cada institución que trabajó. Era como si la vida le hubiese hecho elegir una cosa o la otra. 

Y eso ¿Qué significaba? ¿Era un mito el equilibrio? Si no hubiese abandonado a sus hijos quizá no hubiese logrado el desarrollo profesional que logró, pero tendría una familia unida, y en ese momento eso era lo más valioso para ella.