Historia 16: Cuando Todo se ha Perdido 

 

Un par de meses más tarde Mayra se llevó una sorpresa cuando regresó del trabajo y José estaba adentro de casa.

–¿Qué hacés aquí? — le preguntó de inmediato. 

–Perdoná que no avisé, pensé que ibas a llegar más tarde. Estoy buscando algunos documentos para tramitar el viaje. 

–Entonces ya es un hecho. Te vas. -afirmó Mayra.  

— Aún no tengo fecha, pero sí, con Emerson ya planificamos todo. Me voy — dijo esa última frase como esquiva. 

Cuando Mayra escuchó esas palabras, el pecho se le detuvo. “Me voy”, se repetía en la mente. No le sorprendía en absoluto la decisión, lo que le parecía increíble era recordar todas esas discusiones en las que él negaba cada vez que ella le decía que lo haría. Era increíble que su relación se fuera acabar así. Que esa familia por la que tanto luchó se fuera a fragmentar y ella ya no se resistiera más. 

Pérdida.

El cadáver de su madre cruzó por su mente.

Nikes blancas. Pequeñas salpicaduras de sangre en el pavimento. Las facturas del hospital de su padre.

Miró muerta a los ojos de José. Se sentía, hasta cierto punto, que ya se había ido.

— Los niños te van a extrañar– dijo entonces Mayra, como sacando algunas palabras de su mente. Sus ojos se habían apagado de lo tristes que estaban. 

— Yo espero que cambies tu postura y vayas, vayan.  Yo estaré trabajando para que ellos puedan tener un sitio a donde llegar y para mandarles dinero.– dijo. 

 Si José hubiese dicho eso hacía algunos meses, quizá esa charla hubiese terminado en gritos y portazos pero hoy, luego de tanto transitar, ni siquiera habían subido el tono de voz. 

¿Qué había cambiado? Quizá la vida le había enseñado a Mayra a soltar aquello que tenía que soltar. 

Tenía que ir abrazando la idea de ser una madre separada, ir diciéndole a sus hijos que su papá se iría y lidiar con las consecuencias del abandono en ellos. Lo que sí tenía que repetirse siempre era “No es mi culpa”.

A veces ella tentaba a recriminarse a sí misma por las decisiones pasadas y las más inmediatas. Era una tendencia autodestructiva de la que estaba más o menos consciente pero que no podía dejar atrás. 

Una vez que José terminó de recopilar los documentos se acercó hasta donde estaba Mayra.

–Por cierto — dijo – he estado pensando en llevarme a los niños a la playa este domingo– 

–¿A la playa? Suena bien– dijo

–Quiero compartir lo máximo con ellos ahora que puedo — le dijo .

Eso está bueno. Le prepararé los bolsos si decides ir.

Mayra se había quedado dormida esa noche mientras soñaba con Playa El Cocal. Veía esa costa, con sus piedras negras, donde los atardeceres eran preciosos. Había un sol radiante en ese sueño y estaba José poniendo una sombrilla y los niños se metían en el borde del mar.  Mayra tendía los toallones y se estiraba para coger algo de sol. Se sentía bien. 

Con esa sensación despertó al día siguiente. Aún faltaban cosas por hacer antes que sus hijos fueran a la playa.  

Había estado tanto tiempo negándose a la realidad, a la inminente separación. Ni siquiera había vivido el duelo de la pérdida de Gerson. Todo era difícil, sí, pero todo pasaría y ella no estaba del todo mal: las complicaciones económicas se aliviarían en algún momento. Tenía casa, trabajo y familia. Sus hijos eran su familia y aunque José no estuviera, él siempre iba a ser su padre.