Historia 14: Cuando No Hay Luz 

 

Cuando Mayra tomó uno de los cuchillos, antes de cortar el aguacate, entendió que sería incapaz de dañarse a sí misma. Se espantó y se avergonzó de lo había pensado por un momento.

Cuando terminó con el aguacate, guardó el cuchillo nuevamente en la gaveta y se sentó en el piso de la cocina, abrazando sus rodillas y pensando que necesitaba salir de allí. Se levantó minutos más tarde, al escuchar el tono de su celular.

Tomó su teléfono, que tenía más de 100 notificaciones sin leer, y contestó. Era su hermana María. Se saludaron luego de varios meses sin escucharse. 

Mayra se sintió indiferente. Había una parte persistente de ella que sabía que necesitaba hablar con su hermana, sin embargo, su avalancha diaria de pensamientos la mantenía ocupada. Solo, incluso si daba miedo, era más cómodo que compartir. ¿Por dónde empezaría ella? ¿Por qué? La barrera entre su mundo interior y sus palabras era alta, hasta el punto de que Mayra tenía poco interés en desmantelarla.

–Me han dicho que andas bajoneada— le dijo. 

–Algo así, sí. Pero no te preocupés — le respondió Mayra, un poco extrañada por esa llamada. Con María no se llevaba tan bien como con Karen, a pesar de que ambas vivían en la misma ciudad. Ellas dos habían sido las únicas que culminaron sus estudios superiores en la familia y desde pequeñas habían desarrollado una rivalidad, nutrida por su familia. 

Sin embargo, eso no implicaba que estuvieran totalmente distanciadas. María aparecía en los cumpleaños y en navidades, o días como ese. 

–¿Te vas a divorciar? — le preguntó. 

–No sé, supongo que sí, no hemos pensado en eso — siguió. 

–¿Y cómo te sientes? — 

— Pues nada bien, hermana, nada bien. –

Las hermanas estuvieron algunos minutos hablando y solo de escucharle la voz a Mayra, María sentía que debía ir a la casa para levantar ese ánimo. Llegó muy pronto y le abrió la puerta su hermana en pijama. Había traído unas cervezas pero en cuanto vio lo desordenado de la casa prefirió olvidarlas y se puso a limpiar. 

Había puesto la radio para amenizar la jornada y se puso a barrer con soltura. No habló mucho con Mayra durante la limpieza. Ella la veía trabajar como una hormiguita sin intervenir. 

María aspiró los muebles y abrió las ventanas de par en par, y las cortinas. La torre de platos en la cocina fue desapareciendo a medida que los lavaba y nuevamente el baño olía a cloro tras una exhaustiva limpieza. Trapeó el piso varias veces, hasta que el trapo salió blanquito de nuevo. Si bien la casa era pequeña, estaba tan sucia que la tarea se alargó por un par de horas. 

Ya el último paso era la ropa. En el lavadero empezó a separar la ropa y se dio cuenta que su hermana la veía del otro lado de la ventana. Le hizo una seña para que se uniera y Mayra obedeció. 

Empezaron a hablar cosas sin importancia, contando anécdotas del pasado y del presente. En algún momento Mayra se sintió lo suficientemente cómoda para enumerarle todo lo que la inquietaba: la muerte de Gerson, la pelea con José, su situación económica, la salud de su padre, lo de Estados Unidos. María la veía conmovida. 

–Pobre, hermana. Te la has luchado todo sola — le dijo.  

–Así es.- asintió Mayra. 

–Como siempre.. — remató la hermana.

–Sólo que esta vez no sé hasta dónde puedo seguir. 

Las dos callaron y entonces Mayra sintió el impulso de tomar un poco de esa ropa sucia y empezar a clasificarla para después lavarla. 

— Gracias por la limpieza, Mary– 

— No es nada– le respondió. 

Esa tarde las dos hermanas salieron juntas. Comieron pollo frito en un restaurancito de la zona y hasta se tomaron las cervezas para terminar. Maria volvió a su casa, no sin antes decirle a su hermana que podía pedirle una cita en el departamento de psiquiatría del hospital si así lo quería. Mayra lo dudó, le dijo que lo pensaría y volvió a su casa. Ahora se veía muy diferente luego de la limpieza.