Historia 13: Perderte a Ti Mismo y a los Demás

 

La ropa sucia en el piso de la sala, los baños inmundos y los platos sin lavar acumulados en la cocina hacían que el despertar de cada día fuera más difícil del anterior. Mayra había dejado todo a su suerte desde el mismísimo día que José salió por la puerta principal. Ni siquiera sus perros, Blacky y Rocky, le sacaban de la cama con sus juegos. 

Ella solo hacía lo imprescindible. Iba a dar clases en automático y a sus hijos les dedicaba el mínimo tiempo posible. El resto del día dormía. Se envolvía en las sábanas y el tiempo se detenía. No sabía si pasaba rápido o lento. Apenas comía un poco. No hablaba con nadie más y se molestaba con frecuencia por cualquier cosa. 

— ¿Por qué dejaste tus útiles aquí, José? — le gritó esa noche a su hijo que luego de hacer la tarea olvidó recoger la mesa. 

No era nada, pero lo dijo con tanta molestia que José se puso a llorar. 

— Perdón mamá, no lo vuelvo hacer– le dijo. 

Había pasado casi cuatro meses desde la muerte de Gerson y un mes desde la pelea con José y ella no estaba segura de si todo había ocurrido la semana anterior o hacía un año. Muchas veces se peleaba con sus hijos por pequeñas cosas. Las tareas de sus alumnos se acumulaban en la mesa de la sala a espera de corrección. De los que corregía la mayoría aprobaba sin mucho esfuerzo. Sus hijos, mientras tanto, esperaban a que ella saliera de ese letargo y que dejara de regañarlos por todo. 

–Mami, tenemos hambre– le dijo Anita.

–Coman cereal con leche– les  respondió y se fue rápido a esconderse dentro de sus colchas. A veces, Ana se escapaba de su cuarto y dormía junto a ella. Eso le hacía sentir que no estaba sola.  Esa noche ella se acercó hasta su lugar y la abrazó. 

–Mami ¿estás bien? — le preguntó con ternura. 

–Si mi amor. No pasa nada– le respondió. Le dio la espalda y se hizo la dormida hasta que de verdad su cuerpo se apagó.

Una mañana de sábado en la que sus hijos estaban con José en la casa de su abuela paterna, Mayra se miró en el espejo de cuerpo completo que tenía en el cuarto y se espantó con lo que vio. Su carne estaba flácida y pegada en sus huesos, la raíz negra de su cabello ahora se veía aún más grande y las ojeras más negras y profundas. Tenía muchos días sin trenzarse el pelo, sin atarlo siquiera. Ni siquiera recordaba cuándo se había bañado por última vez. ¿Dos, tres, cuatro días? 

Seguía examinando su reflejo, mientras se tocaba las extremidades. Sus manos se deslizaban por esos brazos lisos, fríos. Esas mismas manos se paseaban por sus muslos, por sus nalgas. ¿Dónde estaban esas nalgas?  Nunca había estado tan delgada en su vida y ahora sus curvas habían desaparecido. Además su piel estaba tan pálida que parecía otra mujer. “¿Quién es esa mujer?”, se preguntó. 

Entonces, un pensamiento nubló su mente por un momento. Más que intentar salir de allí, ¿no sería más fácil acabar con todo y morirse? ¿Para qué seguir en ese círculo de desgracia si podía solo huir? 

Fue con parsimonia hasta la cocina, abrió el cajón de los cubiertos y vio todos esos cuchillos. Cortó un aguacate maduro y lo untó en unas galletas.