Historia 12: De Adentro hacia Afuera 

 

Las cosas en casa seguían estando bastante tensas. Desde que Mayra regresó de Santa Ana, José se había puesto más hostil y había empezado a beber más seguido. A Mayra le causaba mucha impotencia porque ni bien encontraba un trabajo independiente, en vez de aportar a la casa, lo gastaba todo en alcohol. 

Esa mañana Mayra tenía un fuerte dolor de cabeza.

No era la primera vez. En los días anteriores, ella no sintió algo así de inmediato. Si, Mayra estaba tensa y lo sabía, aunque se había dedicado poco tiempo o atención a ese malestar.

“Seguí. Olvidálo,” pensaba.

Inés, su mentora, solía venir a la mente en esos primeros días de regreso de Santa Ana. 

“Sé fuerte.” pensó 

Mayra estaba enojada desde que regresó a la capital. Se había despertado enojada la mayoría de las mañanas, pero prestó poca atención a ese enojo, y siguió con su rutina matutina lo más normal posible.

Dormir no estaba siendo reparador para ella. Algunas mañanas Mayra notó que se despertaba con la mandíbula apretada. Con un baño rápido, los músculos de su rostro de se relajarían, aunque rara vez esa relajación duraba más que unos pocos momentos de olvido en la ducha.

Pero esa mañana el dolor fue tan fuerte que no le permitía levantarse de la cama. José estaba echado, roncando, a su lado. Apestaba a licor todavía y ese olor le daba náuseas. “No puede ser que ni siquiera se bañe”, pensó. 

Tomó una pastilla para aliviar el dolor de la mesa de noche y finalmente empezó su rutina mañanera. Mientras hacía el desayuno pensaba que, por lo menos ese día, José podía ayudarla llevando a los niños a su colegio. Así le daría tiempo de dormir un poco más. 

Entonces entró al cuarto y lo despertó. 

–¿Podés llevar a los niños al colegio? Hoy no me siento bien — le dijo con voz decidida. 

–Mayra estoy durmiendo — le respondió mientras se ponía la almohada en la cabeza. 

–Apestas a alcohol, andá a bañarte y después llevás los niños al colegio — le ordenó y salió del cuarto. 

Cuando terminó el desayuno escuchó la regadera sonar e imaginó que efectivamente él iría. Así que tiempo después se fue camino a la escuela, sin los niños. 

Ya avanzado el trayecto notó como ese viaje se había vuelto largo y pesado. Al bajarse del autobús se preparó mentalmente para atravesar las mismas cuadras de siempre. Y lo hizo. Cuando pasó por el lugar en el que cayeron los muchachos, se fijó que ya los vestigios de sangre habían desaparecido, pero Mayra solo tenía que cerrar los ojos para verla. Mientras caminaba imaginaba que los mismos asesinos de Gerson vendrían por ella. Caminaba viendo hacia atrás una y otra vez, quería asegurarse de que nadie la estuviera siguiendo. Caminaba apresuradamente y sin detenerse. 

“Lo viste morir,” pensó

El pensamiento vino a su mente y jadeó.

“Si hubieras estado allí antes, podrías haber hablado con él”.

“¿Estás protegiendo a tus propios hijos?”

Se tapó la boca con la mano, sabiendo que el silencio y caminar rápido eran sus mejores armas. Sentía que le faltaba el aire, que el pecho estaba contraído, que todo su cuerpo estaba esperando lo peor. 

Pero lo peor ya había pasado. 

Cuando llegó a la escuela, finalmente, miró por última vez la larga calle que recién había subido para asegurarse de que nadie la persiguiera y pensó lo afortunada que era de estar ese día allí. Esa mañana no la recibió Inés, que estaba haciendo trámites en el centro. Fue el maestro Eliecer el que la saludó con tono condescendiente y le advirtió:

–Si necesita algo, Mayra, aquí estoy —

Hizo una pausa y apretó la mandíbula sin querer. Ella sonrió y asintió con la cabeza, incapaz de reunir un agradecimiento. 

Una de las carteleras (murales) de la escuela estaba siendo decorada por los estudiantes en homenaje a Gerson. Además de muchos mensajes de despedida había una foto grandísima de él en el centro. Al verlo, Mayra volvió a la escena: sangre, gritos y llanto. Su cuerpo se congeló, se le puso la piel de gallina y un escalofrío atravesó su cuello y espalda. Entonces empezó a sentir dificultad para respirar. Con respiraciones cortas y seguidas, intentaba calmarse, pero éstas venían acompañadas de imágenes, de recuerdos.  

–Gerson no te murás por favor — 

Recordaba esas palabras, las palabras que pronunció en aquel momento y se transportaba 

dentro de su mente a la escena. Por fuera sacudía la cabeza. No quería pensar en eso, no ahora, no antes de su clase. Pero estaba todo en su mente.

Aunque estaba visiblemente afectada entró al salón todavía pensando en aquello. Se sentó en su escritorio e ignoró por un momento a sus alumnos. Su pesar era tan evidente que sus alumnos se quedaron callados al verla. 

— ¿Seño, está bien? — dijo uno de ellos.Ella sonrió automáticamente y en seguida recordó que en ese mismo puesto desde donde pronunciaron esas palabras, era el de Gerson cuando cursó con ella. “¿Esto es una pesadilla?”, pensó. 

Mayra estaba encorvada mientras trataba de continuar la clase. Su estómago se retosijó, apenas audible para los estudiantes. Ella se había perdido en sus pensamientos, por unos momentos congelada en el tiempo, en el momento en el que Gerson había sido asesinado.

Finalmente, sintió ese dolor en su estómago. Ella se puso de pie, pálida. Sus hombros y brazos se marchitaron a los lados.

El dolor de estómago y la presión en el pecho le hacían imposible dar una clase, así que le pidió a sus alumnos que la esperaran y fue hasta donde el maestro Eliecer a pedirle ayuda. 

Él le dio una taza de manzanilla y le recomendó que se regresara a casa. Obedeció porque de nada servía intentarlo: su mente no estaba bien y así ella no podía dar clases ni contener a sus alumnos. 

Cuando llegó a casa de regreso vio que sus hijos no habían ido al colegio y vio que José ni siquiera se había levantado. 

–¡Son las 11 de la mañana, José! ¡Los niños no fueron al colegio! ¡¿Qué te pasa?!- le gritó. Y él se acomodó en el sofá, aún soñoliento. 

— No pasa nada si faltan un día, no grités — le respondió. 

— ¿Cómo podés ser tan apático? –dijo decepcionada, mientras iba hacia la cocina.

— ¿Apático? Vos decidís irte a Santa Ana y dejarme aquí — dijo José mientras se levantó del sillón. 

— Si vos ni siquiera tenés un trabajo, José. Ni siquiera eso. Además te la pasas bebiendo– siguió diciéndole cada vez con más molestia.   

–No tengo un trabajo porque me echaron, no es que yo lo busqué. Ahora tengo un plan para irnos pero vos querés estar todo el día lamentándote. — 

— ¿Lamentándome? No entendés nada. Mi padre está enfermo, un alumno se murió en mis brazos, vos ni siquiera estás aquí cuando te necesito solo hacés como si nada — dijo. 

Un silencio invadió la casa. José estaba muy molesto e impotente. Sus orejas se habían puesto rojas y quería gritar de la rabia. Le dio un golpe a la mesa mientras dijo: 

–Yo sí estoy aquí –.

— Sé que vos ya tomaste una decisión. Nos vas a abandonar, te vas a ir a Estados Unidos y ¿sabés una cosa? Está bien. Nosotros no te necesitamos. 

Mayra no sabía si quería decir eso último. Ella solo … lo dijo. En ese momento, tal vez necesitaba a José más que nunca, pero la brecha entre ellos parecía insuperable. Con el rostro enrojecido y los ojos agotados, esperaba nerviosa su respuesta.

José echó la cabeza hacia atrás, desconcertado por las palabras de Mayra.

Mayra esperó, instantáneamente, que él no insistiera en esas palabras. Y de hecho, sus ojos transmitían perdón, pero sus manos estaban apretadas.

— No digás cosas sin pensar, Mayra…– aflojó los puños –bastantes años que tenemos juntos para que vengas con eso. 

Los ojos de José se veían cada vez más dóciles, buscaban a Mayra sin odio. Buscaban su perdón. 

–Mayra, mi vida, yo sé que estos últimos meses han sido difíciles, pero vamos a intentarlo.– 

— No, José — se escuchó decir–  Andá. Yo no voy a seguir reteniendo esta familia a la fuerza. Yo me quedo aquí con los niños, con la casa, con mi trabajo. 

Cerró la puerta del cuarto y antes de arrepentirse, tomó toda la ropa de José, la puso en una maleta y se la sacó

Avisále a tu tía que no vivís más en su casa– le gritó — y explicále a tus hijos eso porque yo no voy a salir de este cuarto hasta mañana.