Historia 11: Los Trucos que Juega el Trauma 

 

Un mes más tarde de lo planeado Mayra retomó la idea de viajar a Santa Ana. Su padre continuaba el tratamiento y aunque estaba fuera de peligro sentía que era necesario verle. En su pueblo, con su familia, el café, la vegetación, y el ritmo lento de ese lugar, sería más fácil darse el tiempo de sentir la pérdida de Gerson y también para replantear su futuro. Ese encuentro cara a cara con la muerte la había dejado reflexiva. 

En realidad, perder a Gerson en sus brazos le había hecho sentirse tan minúscula y tan humana. Sentía que necesitaba tener a sus hijos mucho más cerca, que debía protegerlos aún más de todo ese ambiente criminal que reinaba en la ciudad. Sentía que tenía que vivir y que ellos tenían que vivir. ¿Qué estaba haciendo para protegerlos? ¿Por qué sentía tan cercana la muerte? 

No era la primera vez que un alumno moría de manera violenta en sus años en esa escuela. Recordaba, al menos dos casos más, pero ninguno de los anteriores era cercano. Lo que sí era más habitual era la orfandad de esos niños. Día tras día se escuchaban historias de violencia, historias que parecían sacadas de películas aunque eran reales… y crudas. 

Mayra no podía siquiera enumerar con sus dos manos todas esas pérdidas. Podía, fácilmente, necesitar un cuadernillo y empezar a pasar las páginas. En el año 2015 esa lista se ensanchó muchísimo. Ese año hubo fuertes enfrentamientos liderados por las fuerzas de seguridad  y en el camino asesinaron incluso a inocentes. 

“Inocentes”, se repetía Mayra. “Ellos separan a la gente entre inocentes y quienes merecen morir”. Al final los mataban a todos y sus hijos quedaban indefensos, mucho más expuestos a la violencia que antes. “Tienen recursos para matar pero no para encargarse de estos niños”, decía. Una bala era más barata que un cuaderno y un lápiz. 

Ese día Mayra y sus hijos partieron a Santa Ana en la tarde. Los niños durmieron apoyados sobre sus hombros y ella distrajo sus pensamientos hasta los recuerdos de infancia, hasta el patio de tierra donde tanto jugó, y también donde trabajó. El camino de regreso a su pueblo traía siempre mucha nostalgia y a raíz de la muerte de su madre, la sensación era de mayor densidad. 

Al llegar todos sintieron el clima más fresco y esperaron a que Karen viniera a buscarles con el camión familiar. El camión no era más que una camioneta pick-up destartalada, que había sido refaccionada una y otra vez por sus hermanos. El color original era verde agua, pero ahora parecía más gris que otra cosa. 

Al verse, las hermanas se abrazaron con intensidad. Mientras Karen le sobaba el pelo a su hermana, Mayra le besaba la cabeza. Estaban muy emocionadas y aún faltaba ponerse al día con todo lo que había pasado en esos meses. Sabían que no era lo mejor comentarlo frente a los niños. Así que tomaron los bolsos y se subieron al carro. Entonces, empezó el mágico trayecto que les alejaba de la “civilización” y las acercaba a la naturaleza. A lo lejos se divisaba el volcán Ilamatepec.

Cuando llegó a la finca su padre ya estaba durmiendo, al igual que la mayoría de sus sobrinos. Las paredes eran amarillas, la estructura principal de madera. El techo era rústico: vigas de madera que resistieron el paso del tiempo, cubiertas por láminas de metal que siempre hacían pensar a Mayra en el repiqueteo de la lluvia por las mañanas. Sus sobrinos mayores, que tenían entre 13 y 15 años, ayudaron a Ana y Joseíto a instalarse en el cuarto donde ellos dormían y, entonces, Karen y Mayra se sentaron en la mesa de madera junto a Julián, otro de los hermanos que vivía allí. 

No se habían visto desde la muerte de su madre, hacía 5 años. El tiempo pasaba pero no pasaba. La decoración de la casa estaba idéntica, pero más deteriorada. Julián, su otro hermano, sacó una botella de guaro y empezaron a tomarla como en los viejos tiempos…

No hubo llanto ni tiempo para pensar en tristezas, las historias que contaban sus hermanos siempre eran pintorescas y la manera en la que las recreaban distrajeron a Mayra del pesar que sentía tras lo vivido. Por ejemplo, el hermano contó sobre la primera “noviecita” de su hijo.

— Yo que pensaba que había criado un vago y ese muchacho empezó a trabajar para comprarle cosas a esa chica — decía. 

Las risas no cesaron durante toda la noche. 

Al día siguiente un fuerte olor a café recién hecho despertó a Mayra. Se había dormido en un sillón en medio de la sala. Su cabeza parecía que iba a estallar del dolor ¿Cuándo había sido la última vez que no pensaba en sus problemas? ¿Cuándo había sido la última vez que sonreía? 

Mayra sacudió la cabeza y sintió aún más fuerte el dolor. Entonces, vio a su papá despierto. Su semblante no era el de un hombre enfermo, aunque su cuerpo sí se veía muy débil. Él siempre había sido un hombre fibroso, el trabajo en el campo lo había hecho endurecer los músculos en su juventud pero con los años parecía que esos músculos estaban desapareciendo. 

–¿Cómo está, papá? ¿Se siente bien? — le preguntó mientras lo abrazaba. 

–¡Hija! No te hubieras molestado en venir, no hacía falta, yo estoy bien ¿no me ve?– dijo el hombre. 

–No pues menos mal que está bien, porque si no imagínese, todas esas pastillas que se está tomando para qué serían — refutó. 

Los medicamentos estaban en la mesa de la cocina, al lado del récipe, ya sucio de tanto uso y la jarra humeante de café estaba del otro lado. 

–Esos médicos le quieren sacar plata a uno. Yo estoy bien — dijo refunfuñando. 

Esa mañana Mayra saludó a sus sobrinos. Entre todos ya podían hacer el equipo de fútbol con el que de pequeños su padre soñaba formar. Se plantó frente a Cheo, uno de los hijos de Karen.

Unos zapatos Nike blancos. 

Mayra se congeló. Transportada.

La cancha frente a ella se convirtió en pavimento. Zapatos Nike blancos.. Salpicaduras de sangre rojo brillante contra el blanco.

Neblina matutina. Sintió el frío de las 6:30 am. Un escalofrío le recorrió la espalda.

–¿Mayra?–su hermana le dio una palmada en el hombro.

–¿Estás bien?– Mayra parpadeó un par de veces rápidamente, fingiendo una sonrisa.

 Era idéntico a Gerson ¿O estaba exagerando? Siguió con los demás e intentó no pensar en eso.

Durante esos últimos años habían construído nuevos anexos en el pequeño terreno. Cada hermano tenía uno, que compartían con sus parejas y los hijos más pequeños, y había un cuarto extra en la casa principal para los hijos grandes, que era el mismo en el que los hermanos crecieron. De esa nueva generación ya se habían ido los dos primos mayores y una de las primas. 

Vivir en ese pueblo era vivir del café y esa vida no era para todos. Extenuantes jornadas de cultivo y cosecha y después luchar con los compradores que nunca querían pagar el grano al precio que acordaban. Ese mundo era ahora lejano para ella, una mujer que se había vuelto citadina. Sin embargo, ella reconocía que la ruralidad tenía algo llamativo que era detenerse a vivir y apreciar las pequeñas cosas: el sol que entraba por la ventana, los animales que se paseaban libres entre el patio y la casa, y la familia. 

Esa familia grande no era perfecta. Tuvieron una crianza muy a la antigua, a veces demasiado violenta y muy prematura. Todos los hermanos trabajaron desde que recuerdan, porque para sostenerse no había otra forma. Eran pueblos enteros desamparados por el Estado y destruídos por la guerra. 

Mayra tenía cicatrices que le recordaban ese pasado del que pocas veces hablaba. Volver a Santa Ana ahora de grande era recordar a su primer amor, al trabajo en el campo, a su familia. Era recordar lo bueno y lo malo. Mayra había visto a un hermano caer en el alcoholismo, había visto a una hermana abortar a escondidas de sus padres, había visto a primas casarse con hombres hasta 20 años mayores, había visto una madre violenta capaz de azotar a sus hijos… 

Ella siempre quiso una familia normal, en donde sus hijos pudieran crecer libres y seguros, y sentía que para lograr tenerla debía elegir bien al padre de sus hijos y hacer lo que estuviera a su alcance para no separarse. ¿Amor? Eso era como una planta, si se regaba podía cosecharse los frutos. 

Ser maestra le había dado la oportunidad de conocer a cientos de familias disfuncionales y ella que había soldado la idea en su mente de que para que sus hijos crecieran bien, debía tener una familia unida y aferrada a los valores, empezó a pensar que la que había construído se estaba tambaleando. 

La idea de irse a Estados Unidos, esa que José le había presentado como una opción para toda la familia, en verdad parecía más una decisión que él estaba tomando para su futuro. Él se iría y les dejaría, porque no había forma de irse los cuatro: mucho dinero y pocas certezas. 

Ahora le tocaba asegurarse de que su papá estaba fuera de peligro, compartir con sus hermanos y sobrinos lo más que pudiese y también resolver las cuentas que habían generado la enfermedad de su padre a través de un préstamo. La vida en Santa Ana parecía ya encaminada a volver a la normalidad. 

Fue encantador ver cómo Ana y Joseíto jugaban al fútbol con todos sus primos y al mismo tiempo fue retador hacerlo en una casa donde el maltrato le había generado tantas inseguridades y malos ratos. 

Para sus hijos, que jamás habían trabajado, que jamás habían recibido una golpiza, que jamás habían pasado hambre, que jamás habían tenido que hacer cosas desagradables para complacerla, sin duda la vida en San Salvador era muchísimo mejor. Claro que la ciudad tiene otros riesgos: el riesgo de morir por la delincuencia, pero a esta altura ya eso parecía más una jugada del destino. Su madre murió en Santa Ana, aún joven, por un infarto. “Todos morimos”, pensó Mayra.

Por eso, luego de cuatro días en los que se dedicó a su familia extendida y a tomar el mejor café del mundo, tomó sus bolsos y regresó a su casa. Llegaron tarde en la noche del martes. José ni siquiera estaba en casa cuando llegaron.