Historia 10: Es válido extrañar

 

La muerte de Gerson había calado en lo más profundo de la comunidad. En la escuela habían decidido hacer dos días de duelo y suspender las clases para que alumnos y profesores pudieran dedicar un momento a sentir esa pérdida. Tan solo el personal de limpieza y la directora, Inés, fueron al recinto esos días. 

Ese lunes, cuando Inés cruzó la puerta sintió ese silencio como un golpe. No había el bullicio de los niños y la tristeza rondaba por el patio. Caminó en automático hasta su oficina y se sentó pensativa en la silla de su escritorio. Se recostó sobre el respaldo y sintió el peso sobre sus hombros. Movió un poco el cuello, escuchó tronar algunos huesos, se intentó relajar y dejó que aparecieran sus pensamientos sin filtro. 

La pérdida de Gerson le había recordado aquello que sintió cuando sus hijos se fueron a Estados Unidos hacía unos años, pero también otras cosas. Desde que regresó a su casa del funeral no había parado de pensar en lo doloroso que había sido la separación y cómo ella había tapado ese dolor con trabajo. 

Si bien Inés era una mujer inquieta, seria y trabajadora, la vida en familia le daba muchísima paz. Pero la realidad era que en esos últimos 10 años, esos momentos en familia se podían contar con una sola mano. “La última vez que estuvimos todos juntos ni siquiera habían nacido los nietos”, pensó. Entonces, se dió cuenta que conocía muchísimo más a sus alumnos que a sus propios nietos.

Los ojos se le aguaron y las lágrimas no esperaron para caer. Empezó a ver desde su teléfono el perfil de Instagram de sus hijos emigrantes, con las fotos familiares, de los viajes a los que no había asistido, de los cumpleaños que se había perdido y empezó a recordar cuando ellos eran pequeños. 

En ese instante se dio cuenta de que ese dolor venía desde muchos antes. Inés no había estado tan presente en sus vidas: siempre el trabajo, el dinero, era lo fundamental. Los padres de Inés le habían inculcado que si trabajaba mucho, sería feliz porque podría obtener el dinero suficiente para comprar y adquirir lo que deseara. Pero no le advirtieron que el exceso de trabajo también le robaría momentos hermosos que a esta altura eran irrecuperables.

Y era cierto: jamás les faltó nada material a sus hijos, siempre tuvieron que comer, estudiaron en los mejores lugares e hicieron todas las actividades extracurriculares que quisieron, incluso se prepararon para entrar en las universidades más prestigiosas y pudieron ir a Estados Unidos con sus ahorros. Pero sobre el tiempo en familia Inés se preguntaba: “¿Qué precio pagué por darle todo lo que necesitaban?”

Un impulso apareció de inmediato. Quería llamar a sus hijos, Carlos, Amanda y César, decirles que los amaba, que eran todo para ella junto a sus nietos y su esposo Ernesto, pero algo la detenía ¿Era orgullo eso? ¿Era miedo? 

Inés prefirió dejar pasar ese impulso. Ignorarlo, esperar que se apaciguara. ¿Qué le diría a sus hijos? No podía volver el tiempo atrás, no podía reconocer que se había equivocado, que no había estado allí para ellos.  Bloqueó su celular y abrió su computador en donde la lista de cosas por hacer era larga. Y así, pasando página, enterró todo ese dolor y empezó a resolver la lista.